La teoría marxista de la dependencia y el planteo de la unidad mundial. Contribución a un debate en construcción

 

Facundo Lastra

Becario doctoral IEALC-CONICET, FSOC-UBA

facundol@hotmail.com

 

 

The marxist dependency theory and the world-unity approach. Contribution to an emerging debate

 

A teoria marxista da dependência e a abordagem da unidade mundial. Contribuição para um debate em construção

 

Fecha de recepción: 1 de diciembre de 2017

Fecha de aceptación: 27 de abril de 2018

 

 

Resumen

El presente artículo tiene como objetivo realizar un análisis comparativo de la teoría marxista de la dependencia de Ruy Mauro Marini y el planteo de la unidad mundial de Juan Iñigo Carrera. Se sostiene que estas perspectivas comparten una perspectiva histórica similar, le otorgan importancia a la dimensión nacional, hacen hincapié en las transferencias de valor y comparten una caracterización parecida de la superexplotación de la fuerza de trabajo en América Latina. Sin embargo, las dos visiones presentan explicaciones divergentes en torno a los sentidos en que se dan las transferencias de valor y las consecuencias que la superexplotación tiene en las sociedades latinoamericanas. Luego de presentar algunos de los puntos en común y de divergencia entre estos enfoques, el texto revisa críticamente los señalamientos de Jaime Osorio al planteo de Iñigo Carrera.

Palabras clave: dependencia, renta de la tierra, América Latina, superexplotación.

Códigos JEL: B51, O54, Q17, D46

 

Abstract

This article aims at comparing the marxist dependency theory from Ruy Mauro Marini and the ‘world unity approach’ from Juan Iñigo Carrera. We argue that these views have several shared points: they have a historical perspective, both emphasize the national dimension, they identify the significance of value transfers between countries, and they share a similar approach on the super-exploitation of labour power in Latin-America. However, they have dissimilar explanations about the directions of the flows of value and the consequences that the super-exploitation of labour power has for the Latin-American societies. After presenting some of the similarities and differences between the two perspectives, we review the critiques levelled by Jaime Osorio to Iñigo Carrera’s approach.

Keywords: dependency, ground rent, Latin-America, super-exploitation.

JEL codes: B51, O54, Q17, D46

 

Resumo

O objetivo deste artigo é realizar uma análise comparativa da teoria marxista da dependência de Ruy Mauro Marini e da abordagem da unidade mundial de Juan Iñigo Carrera. Argumenta-se que essas perspectivas compartilham uma perspectiva histórica, atribuem importância à dimensão nacional, enfatizam as transferências de valor e têm uma ideia similar da superexplotação da força de trabalho em América Latina. No entanto, as duas visões apresentam explicações divergentes sobre as direções em que as transferências de valor ocorrem e sobre as consequências que a superexplotação da força de trabalho tem em as sociedades latino-americanas. Depois de apresentar alguns dos pontos em comum e as diferenças dessas abordagens, o texto analisa criticamente os comentários de Jaime Osorio sobre a abordagem de Iñigo Carrera.

Palavras-chave: dependência, renda de terras, América Latina, superexplotação.

Códigos JEL: B51, O54, Q17, D46

 

 

Introducción

En muchas de las mesas y paneles de las últimas Jornadas de Economía Crítica estuvo presente el debate sobre las transferencias de valor entre economías nacionales como clave para entender el capitalismo latinoamericano. En particular, este debate estuvo planteado entre quienes siguen la teoría marxista de la dependencia de Ruy Mauro Marini y quienes siguen el planteo sobre la unidad mundial de Juan Iñigo Carrera. La discusión también se plasmó en diferentes textos de aparición reciente en donde se realizan críticas cruzadas entre las dos visiones[1]. Sin embargo, todavía no hay trabajos que establezcan un diálogo claro entre ambas perspectivas, realzando elementos comunes e identificando la raíz de sus divergencias. Por lo tanto, se hace necesario establecer una comparación clara entre estos enfoques, para así hacer más fructífero y provechoso este intercambio.

En este marco, el presente artículo busca analizar las principales similitudes y diferencias de los dos enfoques en cuestión, y revisar las críticas presentadas por Jaime Osorio al planteo de la unidad mundial en el sexto número de esta revista. El texto se organiza de la siguiente manera. En la primera sección se presenta sucintamente a la teoría marxista de la dependencia y al planteo de la unidad mundial. En la segunda parte se muestran sus puntos en común y, en la tercera, sus principales diferencias. En el cuarto apartado se revisan críticamente los señalamientos de Osorio hacia el planteo de la unidad mundial y, por último, presentamos las conclusiones que se deducen de este recorrido en la quinta sección.

 

1. Los participantes del debate

Las dos perspectivas que nos proponemos poner en diálogo tienen historias muy diferentes en cuanto a su elaboración. La teoría marxista de la dependencia se enmarca en el auge del pensamiento crítico latinoamericano del siglo XX durante las décadas del sesenta y setenta. Desde Chile, en el Centro de Estudios Socio-Económicos (CESO), intelectuales y militantes como Theotonio Dos Santos, Ruy Mauro Marini, André Gunder Frank y Vania Bambirra se propusieron realizar una relectura de Marx en clave latinoamericana.  Dentro de la amplia gama de visiones que surgieron en la corriente de la dependencia, su vertiente marxista se destacó por elaborar una teoría que explica la dependencia como un fenómeno estructural del sistema capitalista. A pesar del gran número de aportes del pensamiento dependentista, los seguidores actuales de esta teoría coinciden en sostener que el texto Dialéctica de la Dependencia de Marini (1972) estableció la teoría más consistente y original del capitalismo dependiente, que hoy en día se la conoce como la ‘teoría marxista de la dependencia’ (Osorio, 1984; Sotelo Valencia, 2013: 79).

Luego de su gran auge hasta fines de la década del setenta, la teoría marxista de la dependencia tuvo un importante impasse en el último cuarto del siglo XX. Las razones de su temporal desaparición del debate académico pueden encontrarse en los gobiernos autoritarios que azotaron la región desde aquel entonces y la difusión del positivismo sociológico como paradigma de pensamiento (Osorio, 2013: 5-6). Sin embargo, desde hace poco más de diez años que asistimos a un significativo resurgimiento de esta teoría, de la mano de intelectuales que se han volcado a producir nuevos desarrollos basados en los aportes de Marini. Entre los principales autores contemporáneos de la teoría marxista de la dependencia ‘marinista’ se encuentran Osorio (2004), Sotelo Valencia (2003) y Carcanholo (2013). Todos ellos retoman los conceptos de ‘superexplotación’ e ‘intercambio desigual’, que son los dos núcleos principales del debate que revisaremos en este trabajo.

El otro enfoque que nos proponemos analizar es mucho más joven que la teoría marxista de la dependencia, ya que tiene un punto de partida más reciente, en las investigaciones de Iñigo Carrera que vieron la luz durante los años noventa, y que se expresaron en su propuesta para entender la especificidad de la economía argentina (Iñigo Carrera, 1998). El autor es un docente universitario e investigador independiente que ha desarrollado un planteo original a partir de un uso crítico de la obra de Marx. Su propuesta ha suscitado el interés de investigadores/as que se nuclean principalmente en el Centro de Investigaciones para la Crítica Práctica (CICP), aunque también existen aportes realizados desde otros institutos y centros de investigación que siguen estas ideas.

Si bien es una interpretación de origen reciente, a poco más de veinte años de su inicio tiene posibilidades de convertirse en una visión relevante dentro del variado mundo del pensamiento marxista. Varias contribuciones han desarrollado aspectos específicos de este planteo, ya sea avanzando en estudios de caso sobre países latinoamericanos (Grinberg, 2016; Kornblihtt, 2015), en elaboraciones sobre cuestiones metodológicas (Starosta, 2015), en estudios sobre los cambios del capitalismo mundial contemporáneo (Charnock y Starosta, 2016), o analizando las condiciones de reproducción de la fuerza de trabajo en Argentina (Graña y Kennedy, 2017; Iñigo y Río, 2017), entre otras temáticas. Denominaremos a esta corriente como el ‘planteo de la unidad mundial’[2].

 

2. Puntos en común

Los dos enfoques presentan una interesante perspectiva histórica, que enmarca el surgimiento del capitalismo latinoamericano como parte del proceso de acumulación de capital en Europa. Escapando a cualquier mirada lineal sobre el rol de las naciones en el capitalismo mundial, ambos destacan los rasgos específicos de las economías de la región desde una mirada global. Se concibe así al capitalismo como una relación que estructura de manera distinta el rol que cada economía nacional cumple en la acumulación de capital a nivel mundial.

Según Marini, la participación plena de América Latina en el mercado capitalista mundial se dio en los tres primeros cuartos del siglo XIX, con la decadencia de las principales potencias coloniales, España y Portugal. En este marco, la región comenzó a participar más activamente en la economía capitalista mundial, como productora de materias primas y consumidora de la producción liviana europea[3]. La necesidad de alimentos más baratos por el proceso de industrialización que allí se estaba realizando llevó a que se incorporen a la producción capitalista zonas del mundo que aún no habían sido totalmente integradas al sistema de comercio mundial. De esta manera, América Latina formó parte del proceso de desarrollo productivo que sucedió principalmente en Inglaterra, abaratando los alimentos e insumos necesarios para el proceso de industrialización europeo. Este rol en la división internacional del trabajo significó una inserción subordinada a la economía mundial, que estableció una diferencia específica entre lo que el autor denominó como las economías ‘centrales’ y las ‘dependientes’.

La  participación de los países dependientes permitió que Inglaterra profundizara el proceso de creación de plusvalía relativa, ya que se abarató el valor de la fuerza de trabajo en los países centrales, gracias al ingreso de alimentos a un menor costo. De esta manera, aumentó en términos relativos el valor apropiado por los capitales industriales debido al abaratamiento de la fuerza laboral. La participación de América Latina en el mercado mundial contribuyó a que el eje de la acumulación en los países centrales se desplazara de la producción de plusvalía absoluta a la de plusvalía relativa[4]. Mientras tanto, en Latinoamérica no se desarrolló la producción industrial o sólo lo hizo de manera limitada, basándose en la generación de plusvalor absoluto.

Con una perspectiva histórica similar, Iñigo Carrera resalta que el capital es una relación social mundial que se realiza bajo la forma de un conjunto de naciones[5]. La manifestación histórica de esta determinación mundial se dio con la expansión de los países que el autor denomina como ‘clásicos’, es decir, los espacios nacionales de acumulación en donde la generalidad de las mercancías es producida por ‘capitales medios’[6]. Durante el proceso de desarrollo del capital industrial en los países clásicos se volvió crucial la búsqueda de materias primas al menor valor posible. Esta búsqueda dio lugar a la constitución de espacios nacionales de acumulación por fuera de los países clásicos, que participan de la unidad mundial del capital como proveedores de mercancías agrarias y minerales.

De esta manera, los determinantes históricos del desarrollo capitalista en América Latina se conjugaron con los condicionantes naturales de la región, dando lugar a procesos nacionales de acumulación de capital con una especificidad distinta a la clásica. La especificidad de los países latinoamericanos no es la producción industrial a la vanguardia del desarrollo de las fuerzas productivas, sino la producción de mercancías agrarias y minerales. Por lo tanto, el escaso desarrollo del capital industrial en Latinoamérica no se debe a una ‘falta’ de capitalismo o a la sujeción ‘imperialista’ que sufren los países de la región, sino que esta es la forma específica regional y nacional que toma el capital como relación social mundial.

Otro punto en común es la importancia que ambas visiones le asignan a la dimensión nacional para explicar la especificidad del capitalismo latinoamericano, entendiendo ‘lo nacional’ como expresión de la estructuración del capitalismo a nivel mundial. Con esta interpretación, ambos enfoques se diferencian de quienes sostienen que el capitalismo habría creado clases sociales mundializadas y, por lo tanto, las dimensiones nacionales no serían ya útiles para explicar fenómenos específicos de América Latina (Robinson, 2008; Hardt y Negri, 2002). También superan a la teoría macroeconómica convencional, que tiende a pensar la economía mundial como un modelo de ‘macroeconomía abierta’, en el que la totalidad mundial se alcanza por la agregación de economías nacionales[7].

En la teoría marxista de la dependencia, desde un principio, la división del mundo es pensada en términos de países periféricos y centrales, por lo que las categorías centrales de esta teoría se constituyen en términos nacionales. Las características internas de estos dos tipos de países (ya sea la producción basada en la plusvalía absoluta o en la plusvalía relativa) también son definidas en términos nacionales y explicadas por el tipo de participación de las economías nacionales en el mercado mundial. Así es que la teoría de Marini toma en cuenta los factores endógenos y exógenos que condicionan el desarrollo del capital en los países dependientes.

Existen actualmente autores que relacionan la teoría marxista de la dependencia con la teoría del sistema-mundo de Wallerstein (Katz, 2016; Filho, 2005). De esta manera se intenta especificar aún más la dimensión nacional, distinguiendo entre países centrales, semiperiféricos y periféricos, y resaltando así la importancia de las dinámicas nacionales para entender los cambios en la situación de los distintos países a lo largo del tiempo. Sin embargo, algunos pensadores marinistas, si bien reconocen el provecho del trabajo en común de estas dos teorías, sostienen que uno de los problemas de la teoría del sistema-mundo es su exagerado hincapié en la dinámica global, que subestimaría los factores nacionales para el análisis (Sotelo Valencia, 2005: 2).

Por su parte, el planteo de la unidad mundial destaca que el capital es una relación social mundial en su contenido y nacional tan sólo en su forma. Muy lejos de ser una cuestión abstracta, la identificación del contenido mundial del capital y sus formas nacionales marca un punto clave para entender el planteo de Iñigo Carrera. Si se parte de la interpretación según la cual los países constituyen unidades de acumulación en sí mismas (que luego se interrelacionan en el mercado mundial), se considerará que todo fragmento nacional tiene la potencialidad de desarrollar en su interior de manera inmediata la unidad de las leyes de la acumulación, tal que en cada momento del tiempo todos los países se encontrarían en un mismo camino, pero en una instancia distinta del mismo (desarrollado, subdesarrollado, emergente, etc.). En contraposición, de la consideración de la unidad mundial de la organización del proceso de producción brota la pregunta acerca de la especificidad de la acumulación de capital de los distintos países, como forma de desarrollarse la relación social de alcance mundial (Cazón, Kennedy y Lastra, 2016: 310). En este punto radica sin lugar a dudas lo central del planteo de la unidad mundial y uno de sus aportes más interesantes.

Finalmente, hay dos dimensiones que son, a la vez, inquietudes en común y los puntos más importantes de divergencia entre los enfoques bajo estudio. El primero de ellos es el hincapié puesto por ambas perspectivas en las transferencias de valor. Tanto en el planteo de Marini como en el de Iñigo Carrera, las características particulares de las economías latinoamericanas son explicadas a partir de los flujos de valor que se establecen cuando los países intercambian mercancías en el mercado mundial. En este aspecto, ambas perspectivas se diferencian de autores que niegan las transferencias de valor (Weeks, 1981) o que las relegan a un papel secundario exclusivamente asociado a las diferentes composiciones orgánicas de capital dentro de una misma rama (Astarita, 2010)[8].

En segundo lugar, ambas visiones tienen una caracterización similar del modo específico que toma la explotación del trabajo en la región: la superexplotación de la fuerza de trabajo (Marini) o el pago de la fuer­za de trabajo por debajo de su valor (Iñigo Carrera). Estas dos denominaciones refieren a un mismo tipo de situación, en la cual los salarios son menores al valor necesario para mantener las aptitudes productivas de la clase trabajadora. La superexplotación se basa en reducir el consumo del obrero más allá de su límite normal, convirtiendo así parte del fondo de valor necesario para la reproducción de la familia trabajadora, en fondo de valor para la acumulación del capital individual en cuestión.

Las transferencias de valor entre países y el pago de la fuerza de trabajo por debajo de su valor son fenómenos mencionados en El Capital de Marx, pero nunca tratados con la profundidad necesaria como para explicar la especificidad del capitalismo latinoamericano contemporáneo. Las dos perspectivas bajo análisis comparten la inquietud de desarrollar más estos dos aspectos, para así entender las características que distinguen a nuestra región.

 

3. Los dos núcleos más importantes de divergencia

La raíz de las diferencias radica en las dos dimensiones que, como resaltábamos más arriba, son a la vez puntos de encuentro y desencuentro entre los dos enfoques analizados.  Si bien ambos presentan especial atención a los flujos de valor entre países, la divergencia más importante comienza con las interpretaciones en torno a los sentidos en que circulan dichos flujos. Esta diferencia hace que, a pesar de las preocupaciones compartidas, la teoría marxista de la dependencia y el planteo de la mundial sean incompatibles entre sí, estableciéndose como explicaciones alternativas del capitalismo latinoamericano.

Según Marini, la inserción de América Latina como proveedora de materias primas determina una ventaja para los países centrales, que producen bienes con un mayor contenido tecnológico. Estas mercancías no se pueden producir en los países dependientes por su atraso tecnológico y, por lo tanto, las economías industrializadas tienen un ‘monopolio de producción’ de los bienes industriales. Por ello, las economías industrializadas pueden eludir la ley del valor y vender sus productos a un valor mayor que el socialmente necesario. Con este mecanismo, los países tecnológicamente más adelantados obtienen ganancias extraordinarias permanentes por su poder monopólico y mantienen siempre una economía productivamente más avanzada, gracias al ‘intercambio desigual’[9].

Al mismo tiempo, hay otro argumento que no explica el intercambio desigual por la existencia de monopolios, sino por las diferencias de composiciones orgánicas del capital entre países y su efecto en la conversión de valores a precios de producción (Osorio, 2017). Resumidamente, esta visión plantea que las producciones agrarias (ubicadas mayormente en la periferia) aplican poco capital fijo a la producción y, por lo tanto, tienen una composición orgánica del capital baja. En cambio, la producción industrial debe comprometer más capital en la producción y por ello su composición orgánica es más alta. La unidad del capital establece que la igualación de las tasas de ganancia genere un flujo de valor desde los sectores con una composición orgánica baja hacia aquellas actividades con una composición alta, por medio de la conversión de valores a precios. Por lo tanto, cuando las economías latinoamericanas exportan mercancías agrarias y minerales, ellas venden a precios por debajo de los valores; pero cuando compran bienes de origen industrial, pagan precios por encima del valor[10].

Por su parte, el planteo de la unidad mundial sostiene precisamente lo contrario; las economías cuya especificidad es la producción de materias primas reciben una masa de plusvalor que tiene como origen los procesos de producción organizados por el capital en los países clásicos. Esto sucede porque en la producción de mercancías de origen agrícola, ganadero o mineral intervienen predominantemente condiciones de producción no reproducibles por el trabajo humano. Por ello, el valor de estas mercancías está determinado por la producción en las peores condiciones de producción (en el caso de la producción agraria, de la producción en las tierras menos fértiles). Por lo tanto, las mercancías producidas en condiciones de producción relativamente mejores son vendidas por encima de los costos de producción y su vendedor obtiene un ‘sobreprecio’ en concepto de renta de la tierra. La renta es entonces un ‘falso valor social’ que tiene como fundamento la propiedad privada del suelo y no el trabajo aplicado a la producción agraria o la explotación minera.

América Latina se caracteriza por la abundancia de condiciones naturales favorables para la producción de este tipo de mercancías y su determinación histórica como región es la de ser productora de mercancías portadoras de renta. Esto significa que desde los países clásicos (los principales compradores de mercancías agrarias, alimentos y productos de origen mineral) ceden valor en concepto de renta de la tierra cuando compran estas mercancías en el mercado mundial. Si tomamos el caso de la producción de alimentos, la acumulación de capital en los países clásicos busca constantemente aprovisionarse de alimentos más baratos, ya que ello disminuye el valor de la fuerza de trabajo, potencia la producción de plusvalía relativa y apuntala la acumulación. Estos productos son más baratos si se los compra, por ejemplo, a un país latinoamericano. Pero, igualmente, quien compra estas mercancías debe pagar un ‘sobreprecio’ en concepto de renta de la tierra, debido a que las condiciones más favorables de producción son de propiedad privada. Por lo tanto, el capital total de los países clásicos debe usar parte del plusvalor generado en sus procesos de producción para pagar dicha renta.

Sin embargo, este valor que se le ‘escapa’ a los capitales de los países clásicos no es apropiado enteramente por los terratenientes, sino que tiene la potencialidad de ser capturado por distintos sujetos sociales e incluso puede ser reapropiado por los capitales que perdieron dicho valor. La reapropiación de renta sucede mediante una amplia variedad de mecanismos que se ponen en juego durante el desarrollo histórico del capitalismo en la región. El mecanismo más evidente es la apropiación directa que pudiera realizar el Estado, ya sea gravando la tenencia de la tierra, las exportaciones de productos primarios o fijando los precios de venta de las mercancías portadoras de renta. El Estado a su vez utiliza parte de ese valor para compensar el rezago productivo del capital nacional y extranjero, a quienes se les otorgan condiciones extraordinariamente favorables para la acumulación. Otros mecanismos de transferencias menos directos son el repago de la deuda externa en los períodos que el pago de intereses más que compensa la deuda tomada y la sobrevaluación de la moneda nacional que permite al capital de mayor escala importar mercancías abaratadas[11].

Comenzando incipientemente en la década de 1940, y con mucha más fuerza en los años sesenta, se abre una nueva etapa para algunos países de América Latina, denominada por la literatura como de ‘industrialización por sustitución de importaciones’. En ese período se constituye una nueva forma de reflujo de renta de la tierra (que se mantiene hasta la actualidad), en la que el capital industrial extranjero ingresa a la región para producir a una escala restringida para el mercado interno. Iñigo Carrera los caracteriza como ‘capitales medios fragmentados’, ya que son fragmentos de ‘capitales medios’ que utilizan en Latinoamérica tecnologías ya obsoletas para competir en el mercado mundial, pero se valorizan a la tasa media de ganancia. Este capital es puesto a producir para el mercado interno o regional, aprovechando las transferencias de renta de la tierra que imperan en la región, en la forma de subsidios, sobrevaluación cambiaria, el abaratamiento de la fuerza de trabajo, entre otros mecanismos. Este ‘capital medio fragmentado’, por más de ingresar al país como portador de un supuesto ‘desarrollo’, es un capital rezagado productivamente que depende de transferencias de valor basadas en la renta para valorizarse normalmente.

El otro punto central de divergencia entre los dos enfoques es la interpretación sobre las causas y consecuencias de la forma específica que toma la explotación del trabajo en la región. Con respecto a las causas, Marini argumentó que el intercambio desigual fuerza a los capitales localizados en la periferia a compensar el valor que pierden en el mercado mundial, recurriendo al pago de la fuerza de trabajo por debajo de su valor[12]. Como consecuencia, la superexplotación genera un ciclo del capital particular, dado que los países latinoamericanos no dependen de su capacidad interna de consumo para la venta de la producción nacional, sino que dependen del mercado mundial para vender su producto. Se opera así una separación de la producción y la circulación de mercancías, característica de las economías dependientes, que impide el desarrollo del capitalismo periférico (Marini, 1972: 49).

Según la teoría marxista de la dependencia, el ciclo de realización en las economías dependientes queda entonces trunco, ya que la clase trabajadora participa como productora, pero no como compradora de las mercancías que ella misma produce. Por lo tanto, el capital no logra realizar la masa de plusvalor en el mercado nacional y cualquier proceso de acumulación de capital a escala ampliada queda bloqueado. Con estas determinaciones, las clases capitalistas de la región no tienen la capacidad para cambiar la estructura económica de los países dependientes, aún en su intento de establecer procesos capitalistas de desarrollo nacional, como en el caso de los proyectos desarrollistas (Marini, 1972: 50).

Iñigo Carrera también reconoce el fenómeno de la venta de la fuerza de trabajo por debajo de su valor como un carácter específico de la región en general y de la Argentina en particular, aunque afirma que esto sólo se verifica fehacientemente a partir de la década de 1970. Desde ese entonces, se produce un salto técnico a nivel mundial que acentúa el proceso de diferenciación de la fuerza de trabajo y cambia la especificidad de muchas economías nacionales (Iñigo Carrera, 2008a: 77). Con el desarrollo de la informática, la automatización y las tecnologías en información, se acelera el proceso de internacionalización de los procesos productivos hacia fuera de los países clásicos, con el objetivo de minimizar costos laborales. En este contexto, los países con un mayor desarrollo de las fuerzas productivas mantienen las partes complejas del proceso de trabajo, por lo que se caracterizan cada vez más en la realización de las partes más complejas de la producción. Por otro lado, el Sudeste Asiático pasa a ser la región que presenta las mejores características para la realización de las etapas más simples de los procesos productivos basados en la nueva base técnica[13].

Si bien la década de 1970 significó un punto de quiebre para muchas economías que se volcaron hacia modelos de ‘industrialización tardía’ basados en los bajos salarios, la especificidad de los países latinoamericanos en el capitalismo mundial como proveedores de materias primas no ha cambiado. A su vez, al no participar del avance en el desarrollo de las fuerzas productivas que tomó forma a nivel mundial, se incrementó aún más la brecha de productividad de las economías latinoamericanas respecto de las condiciones sociales medias de producción[14]. Con la acentuación de esta brecha, la necesidad de compensación al capital por su rezago productivo no sólo persiste, sino que resulta reforzada. En este contexto, el pago de la fuerza de trabajo por debajo de su valor se constituyó como una base de la acumulación de capital en la región para darle cuerpo a la necesidad de compensación por su rezago productivo.

De esta manera quedan planteadas dos formas alternativas de llegar a una visión similar sobre la explotación del trabajo, según la cual los salarios en América Latina tienden, como norma general, a ubicarse por debajo del valor de la fuerza de trabajo. Esta interpretación permite explicar el proceso de relativa pauperización de las poblaciones latinoamericanas, que han visto deterioradas sus condiciones de vida y de trabajo, especialmente desde mediados de la década de 1970. La teoría marxista de la dependencia y el planteo de la unidad mundial logran dar cuenta así de un proceso característico de la región que no puede obviarse. Sin embargo, a pesar de esta coincidencia, los fundamentos de dicha superexplotación son prácticamente opuestos: para la teoría marxista de la dependencia, el fenómeno sucede como compensación a la pérdida del valor producido el capital fronteras adentro; mientras que, para el planteo de la unidad mundial, la superexplotación es una compensación que impone el capital debido a la baja productividad con la que opera en la región.

 

4. Aportes a un debate en construcción

Podría decirse que la discusión entre los dos enfoques se encuentra ‘en construcción’, ya que hace falta esclarecer los principales núcleos de debate entre las dos corrientes; esclarecimiento al que este texto intenta hacer un aporte. Tanto es así que el primer trabajo desde la teoría marxista de la dependencia, polemizando directamente con el planteo general de Iñigo Carrera, fue publicado recientemente por Osorio en el número 6 de Cuadernos de Economía Crítica y, como mostraremos a continuación, sus críticas no apuntan a las diferencias centrales con el enfoque de la unidad mundial[15]. Presentaremos en este apartado una breve revisión de esta crítica, enfocándonos en las dos dimensiones que revisamos en el apartado anterior, y a sabiendas de que existen otros puntos importantes de divergencia entre las dos corrientes que no serán tenidos en cuenta.

En línea con las ideas de Marini, Osorio destaca dos procesos que caracterizarían la reproducción en el capitalismo dependiente: por un lado, la existencia de una “(…) fractura que opera en la segunda fase de la circulación, en la cual las mercancías preñadas de valor (M’) en los procesos de producción deben salir al mercado mundial para realizar la plusvalía (D’)” (Osorio, 2017: 47); y, relacionado con ello, la existencia de la superexplotación que “permite al capital local resarcir parte de las transferencias de valor (…) así como parte de las pérdidas provocadas por el intercambio desigual.” (Osorio, 2017: 49). Osorio se ubica así desde la interpretación clásica de Marini sobre la superexplotación y explica los patrones de reproducción del capital dependiente utilizando este marco teórico, para luego presentar su crítica.

El autor analiza correctamente el planteo de la unidad mundial y coincide en que la renta de la tierra implica un flujo de valor hacia los países productores de mercancías agrarias y minerales. Pero, luego, señala que el principal problema de la propuesta de Iñigo Carrera es no reconocer las transferencias de valor desde la periferia al centro, ya que los reflujos de renta de la tierra no serían considerados por este último como transferencias de valor[16]. Sin embargo, el planteo de la unidad mundial no sostiene esto. Según la perspectiva inaugurada por Iñigo Carrera, la especificidad del capitalismo en la región está determinada por las transferencias de valor en concepto de los flujos y reflujos de renta de la tierra; es decir que el reflujo de renta hacia los países clásicos sí es considerado un flujo de valor.

El resto de la crítica de Osorio parecería estar centrada en demostrar que, si bien la renta fluye hacia la periferia, el intercambio desigual prevalece de todas maneras por distintos mecanismos de transferencias de valor hacia el centro. En este sentido, el autor afirma que la mayor presencia del capital foráneo en las actividades relacionadas a la explotación primaria impide que la renta sea apropiada por los países dependientes. Su idea es que, si hay una ‘ganancia extraordinaria’ en concepto de renta, esta se ve diluida porque el capital extranjero logra reapropiarla[17]. Una vez más, este señalamiento no es totalmente contradictorio con el planteo de la unidad mundial: desde la visión de Iñigo Carrera se reconoce que uno de los mecanismos de reflujo de renta de la tierra es la localización de capitales extranjeros en actividades relacionadas al procesamiento de las mercancías agrarias y minerales que los países de la región exportan. Osorio aquí pierde de vista que el flujo de renta es hacia el proceso nacional de acumulación de capital en su totalidad, lo que significa un proceso de acumulación integrado por capitales nacionales y extranjeros.

En realidad, la principal diferencia entre los dos enfoques es que, para el planteo de la unidad mundial, el flujo de mayor valor (y el que marca la especificidad de la economía) se da en el sentido contrario al que lo conciben los autores dependentistas. Por ello, resulta erróneo decir que este planteo ignora el reflujo de renta o que pierde de vista la apropiación de renta por parte del capital extranjero. Si se acepta la existencia de las transferencias de valor como una dimensión de análisis, la crítica al planteo de la unidad mundial debería centrarse en el estudio riguroso de los fundamentos de dichos flujos, evitando desvirtuar la postura que se intenta poner en cuestión. Desde nuestra visión, la crítica de Osorio es sintomática de la falta de estudios que comparen rigurosamente ambas perspectivas, para que sea posible establecer un diálogo claro entre las dos visiones. Los señalamientos allí presentados, si bien valiosos por ser el puntapié inicial para el debate, muestran una errónea interpretación por parte del autor sobre el planteo que allí se está criticando[18].

Por su parte, el planteo de la unidad mundial ha criticado la explicación del intercambio desigual por la transformación de valores a precios de producción y la conceptualización de la superexplotación de la fuerza de trabajo, mostrando de manera consistente algunos límites de la teoría de la dependencia marinista. Con respecto al intercambio desigual, la principal crítica metodológica se basa en la imposibilidad de explicar las diferencias en la acumulación de capital entre países por la transformación de valores en precios de producción. Las transferencias en función de las distintas composiciones orgánicas de capital tienen como fundamento la igualación de las tasas de ganancias; por lo que estas transferencias, más que explicar por qué los capitales se acumulan de manera diferente, explican por qué capitales con distintas composiciones orgánicas acumulan a la misma tasa de ganancia.

A su vez, la idea de que la producción agraria presenta una baja inversión de capital fijo parecería estar ligada a una visión desactualizada (y nunca demostrada empíricamente) de la producción agropecuaria actual, por medio de la cual se asocia simplistamente el sector agrario con el atraso productivo. La extensión de las biotecnologías en este tipo de actividades a partir de los años noventa ha cambiado drásticamente la dinámica del sector, que se caracteriza cada vez más por la aplicación de tecnologías con el objetivo de aumentar la producción. A su vez, el capital aplicado a este tipo de producción está sujeto a su uso estacional, por lo que su menor velocidad de rotación contrarresta su supuestamente baja composición orgánica[19].

El segundo aspecto más significativo de la crítica a la teoría de Marini se centra en la vinculación que existe según este autor entre la superex­plotación de la fuerza de trabajo y el obstáculo para la realización de las mercancías producidas dentro de un país. Como se mostró más arriba, en Dialéctica de la dependencia se afirma que el bajo poder adquisitivo de las clases trabajadoras determina que el mercado interno no logre realizar el ciclo de acumulación a escala ampliada del capital. Esta teoría presupone que la reproducción a escala ampliada debe realizarse sí o sí fronteras adentro, ignorando que el mercado externo puede formar parte de dicha reproducción (Lastra, 2014; Kornblihitt y Seiffer, 2012).

Un problema de Dialéctica de la Dependencia, que se repite en los autores que siguen acríticamente a Marini, son los límites que tiene ese texto para explicar los procesos de industrialización tardía, que se dieron en países del sudeste asiático antes considerados dependientes. En estos países, la disponibilidad de mano de obra barata tuvo un rol fundamental como vía para el desarrollo productivo, que convirtió a algunas naciones periféricas en países que actualmente producen a la vanguardia del desarrollo de las fuerzas productivas. En lugar de esta interpretación ‘subconsumista’ sobre las consecuencias de la superexplotación, resulta más útil identificar las diferentes ‘variedades de superexplotación’ que se articulan con la especificidad de los procesos nacionales de acumulación de capital (Lastra, 2018: 272). En este sentido, la compra-venta de la fuerza de trabajo por debajo del valor puede ser un fenómeno marginal (Europa y los Estados Unidos), puede apuntalar la acumulación de capital (Sudeste Asiático) o puede ser una compensación del rezago productivo del capital. Este último es el caso que prevalece en América Latina.

 

Conclusiones

Con el recorrido que hicimos en este texto analizamos algunos de los puntos de encuentro y desencuentro entre la teoría marxista de la dependencia y el planteo de la unidad mundial. Así mostramos que ambos enfoques comparten una perspectiva histórica similar, sosteniendo que el capitalismo latinoamericano se explica por su participación en el mercado mundial como parte del proceso de desarrollo del capital industrial europeo, que necesitaba de materias primas y alimentos para su desarrollo. Las dos visiones comparten la inquietud por entender las características específicas de la acumulación de capital para el caso de América Latina y realizan sus estudios analizando la dimensión nacional como parte de la unidad mundial del capitalismo.

Además, identificamos dos inquietudes compartidas que son, a su vez, puntos de discrepancia importantes. Los dos planteos coinciden en destacar las transferencias de valor para explicar la dinámica del capitalismo en la región y ambos sostienen que la acumulación de capital en Latinoamérica se caracteriza por la superexplotación de la fuerza de trabajo. La discrepancia central aparece cuando se analizan los sentidos de los flujos de valor: para la teoría marxista de la dependencia, las economías dependientes pierden valor producido fronteras adentro por medio del intercambio desigual con los países centrales; mientras que, para el planteo de la unidad mundial, el principal flujo se da en sentido inverso, ya que los países clásicos son los que ‘pierden’ valor en concepto de renta de la tierra. Si bien esta última visión reconoce la existencia de reflujos de renta que implica una reapropiación de valor por parte de los países clásicos, la especificidad de las economías latinoamericanas está dada por el flujo de valor desde los países que compran mercancías portadoras de renta.

En estrecha relación con esta cuestión, los fundamentos de la superexplotación también son distintos dependiendo del enfoque que se tome. Según el planteo de Iñigo Carrera, la compra-venta de la fuerza de trabajo por debajo de su valor tiene como origen la profundización del retraso productivo del capital que opera en América Latina, en el contexto de la constitución de la ‘nueva división internacional del trabajo’ desde mediados de la década de 1970. Según el planteo presentado en Dialéctica de la dependencia por Marini (y que es retomado por algunos de sus seguidores actuales), la superexplotación es la forma en que el capital revierte las pérdidas de valor fruto del intercambio desigual. En este sentido, la superexplotación es una compensación, no por la baja productividad, sino por el valor perdido en el intercambio.

Por último, el análisis de la crítica de Osorio dejó demostrada que es necesaria una comparación más estricta entre el planteo de la unidad mundial y la teoría marxista de la dependencia. Los señalamientos de este autor no toman en cuenta aspectos importantes del planteo de la unidad mundial y evaluamos que su crítica no analiza la raíz de las diferencias entre los dos enfoques. Por su parte, Iñigo Carrera y sus seguidores plantearon varias críticas a la teoría marxista de la dependencia, entre las cuales hemos resaltado dos: el problema de los flujos de valor y los fundamentos y consecuencias de la compra-venta de la fuerza de trabajo por debajo de su valor. En ambos casos, el planteo de la unidad mundial tiene sólidos argumentos para mostrar los límites de la visión de Marini.

Las divergencias entre los dos enfoques estudiados no se agotan en las transferencias de valor y la superexplotación, pero sí puede decirse que estos dos núcleos de debate marcan las diferencias más significativas. Con la identificación de estas dos dimensiones y la comparación de las dos corrientes aquí presentadas, apuntamos a reencauzar este interesante debate hacia un terreno más fértil. Como mostramos a lo largo de este artículo, los dos enfoques estudiados presentan intuiciones y preocupaciones en común que los ubican en un buen lugar para explicar las características del capitalismo latinoamericano. Por eso, la discusión entre estas dos perspectivas es, a nuestro entender, una discusión entre los dos planteos más interesantes de la economía política latinoamericana. En el presente texto intentamos aportar a estas discusiones que, sin lugar a dudas, son parte de un debate que todavía se encuentra en construcción.

 

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[1] Ejemplo del interés suscitado por estas corrientes fue el número 6 de Cuadernos de Economía Crítica, donde cuatro artículos publicados son contribuciones que critican o aportan a uno de los dos enfoques (Caligaris, 2017; Osorio, 2017; Pinazo et al., 2017; Treacy, 2017)

[2] Vale la pena aclarar que la denominación de esta corriente por su interés en la ‘unidad mundial’ no implica que la visión de Marini no tenga en cuenta dicha unidad.

[3] “La historia del subdesarrollo latinoamericano es la historia del desarrollo del capitalismo mundial (…). En el curso de los tres primeros cuartos del siglo XIX, y concomitantemente a la afirmación definitiva del capitalismo industrial en Europa, sobre todo en Inglaterra, la región latinoamericana es llamada a una participación más activa en el mercado mundial, ya como productora de materias primas, ya como consumidora de una parte de la producción liviana europea.” (Marini, 1969: 88)

[4] “(…) la participación de América Latina en el mercado mundial contribuirá a que el eje de la acumulación en la economía industrial se desplace de la producción de plusvalía absoluta a la de plusvalía relativa, es decir, que la acumulación pase a depender más del aumento de la capacidad productiva del trabajo que simplemente de la explotación del trabajador. Sin embargo, el desarrollo de la producción latinoamericana, que le permite a la región coadyuvar este cambio cualitativo en los países centrales, se dará fundamentalmente con base en una mayor explotación del trabajador.” (Marini, 1972: 39)

[5] “Dada su necesidad de expandir la producción material como si esta expansión no llevara consigo la necesidad de límite alguno originado en la forma social que rige su organización, la acumulación de capital es un proceso mundial por su esencia. Pero, dado el carácter de privado con que se realiza el trabajo social en ella, esta esencia mundial nace recortada por, y se desarrolla recortando a, procesos nacionales de acumulación de capital.” (Iñigo Carrera, 2008a: 109) 

[6] Los capitales medios son capitales cuya escala les permite operar a la vanguardia del desarrollo de las fuerzas productivas. En un primer momento histórico, el capital se desarrolló en su forma nacional ‘clásica’ con la expansión industrial en Europa. Luego, la acumulación de capital también tomó esta forma en Estados Unidos a fines del siglo XIX.

[7] Ver esta crítica en Guttmann (2016: 152)

[8] Si bien escapa a los objetivos de este texto realizar un análisis pormenorizado de estas teorías, entendemos que quienes ignoran las transferencias de valor entre países no pueden explicar la estructuración mundial del capitalismo, ni el porqué de la formación de ciertos tipos específicos de formaciones económicas nacionales.

[9] En este sentido, Marini afirma que “(…) el mero hecho de que unas [naciones] produzcan bienes que las demás no producen, o no lo puedan hacer con la misma facilidad, permite que las primeras eludan la ley del valor, es decir, vendan sus productos a precios superiores a su valor, configurando así un intercambio desigual” (Marini, 1972: 43). El término ‘monopolio de producción’ es utilizado unos párrafos más adelante refirido a este mecanismo, aunque sería erróneo afirmar que Marini sigue la teoría del capital monopolista. A su vez, en su texto sostiene que hay otro mecanismo del intercambio desigual, basado en la ganancia extraordinaria que obtienen los países cuando su tecnología es superior a la socialmente vigente en términos mundiales. Retomando a Borges Neto (2011: 97), entendemos que esta transferencia no se produce en el intercambio, sino en la producción, por lo que no se la podría ubicar como parte del intercambio desigual en sentido estricto. Desde nuestra perspectiva, si se desarrollan rigurosamente las ideas de Dialéctica de la Dependencia, el monopolio de producción debería ser entendido como la causa de las transferencias de valor entre países.

[10] Exponiendo este argumento, Osorio afirma que la diferencia de composiciones orgánicas “trae como consecuencia que en los procesos de intercambio de bienes en el mercado mundial, en torno a precios de producción, se propicien transferencias de valor desde las economías con baja composición orgánica de capital en provecho de las economías con una composición orgánica más alta, debido a que en las primeras sus precios de producción tienden a ubicarse por debajo del valor, en tanto en las segundas esos precios se ubican por encima del valor. Aquí reside la base primordial del intercambio desigual (…)” (Osorio, 2017: 52-53). Estrictamente, las explicaciones por el monopolio de producción y por las diferencias de composición orgánica son contradictorias; ya que, si se elude la ley del valor en la formación de los precios internacionales (tal como aparece en Marini), entonces la conversión de valores a precios y la igualación de las tasas de ganancia no tendrían lugar.

[11] Para un análisis completo sobre los mecanismos de apropiación de renta, ver Iñigo Carrera (2008b) y Caligaris (2017).

[12] Esta es la explicación que se desprende de Dialéctica de la Dependencia, donde el autor sostuvo que “las naciones desfavorecidas por el intercambio desigual” buscan “compensar la pérdida de ingresos generados por el comercio internacional, a través del recurso de una mayor explotación del trabajador” (Marini, 1972: 44). Sin embargo, Marini también argumentó que la superexplotación no se deriva del intercambio desigual, sino que se basa la existencia de una sobrepoblación relativa (Marini, 2008: 174). En este artículo nos referiremos a la primera de estas visiones, que es también retomada por Osorio.

[13] Este proceso fue bien explicado por los autores que acuñaron el concepto de la ‘nueva división internacional del trabajo’ (Fröbel, Heinrichs y Kreye, 1980) para describir la nueva realidad del capitalismo después de la década de 1970. En una publicación reciente compilada por Charnock y Starosta (2016), distintos investigadores que siguen el planteo de la unidad mundial proponen reactualizar críticamente esta visión.

[14] Para el caso argentino, ver Graña (2013).

[15] Existen otros trabajos de crítica al planteo de la unidad mundial, pero que, o bien critican aspectos particulares sobre el estudio de ciertos sectores productivos (Pinazo et al., 2017), o realizan señalamientos parciales en el marco de una revisión más general de otras críticas a la teoría de la dependencia (Katz, 2017).

[16] “En este caso, por las razones señaladas, el capital inglés logra reapropiarse de las mermas sufridas cuando adquirió bienes agrícolas argentinos y debió pagar precios superiores a los precios de producción por la renta diferencial allí concentrada, en beneficio de la Argentina. Para Iñigo Carrera, estos movimientos y flujos de ganancia, ahora en sentido contrario, de Argentina hacia Inglaterra, tampoco constituyen transferencias de valor.” (Osorio, 2017: 59)

[17] “En suma, cuando se agregan variables con significación en la apropiación de la renta, la propiedad local de los rubros de exportación puede ser relevante, pero si las actividades colindantes y la comercialización están en manos de capitales foráneos, el peso relativo de la renta como ganancia extraordinaria apropiada por las economías locales comienza a perder significación. (Osorio, 2017: 63)

[18] Algo similar sucede cuando Osorio critica la revisión del concepto de la superexplotación por parte del planteo de la unidad mundial. En su artículo afirma que “Es curioso cómo algunos autores (Kornblihtt, Lastra, Iñigo Carrera) asumen sin mayor problema la superexplotación o salarios por debajo del valor de la fuerza de trabajo, pero entienden que si alguien va más lejos está negando la vigencia de la ley del valor. Y no aparece ninguna explicación teórica del por qué en el caso del valor de la fuerza de trabajo sí se puede violar su valor, sin negar la ley del valor, pero en cualquier otra situación no” (Osorio, 2017: 52). Resulta sorpresiva esta afirmación, ya que ninguno de los autores nombrados sostienen que la superexplotación implique una negación de la vigencia de la ley del valor, ni tampoco afirman que la fuerza de trabajo sea la única mercancía susceptible de ser vendida por debajo de su valor; por lo que sus afirmaciones sólo pueden entenderse como parte de una interpretación errada de la visión que se quiere criticar.

[19] Este último señalamiento es realizado por Iñigo Carrera (2008: 172). A su vez, las estimaciones empíricas realizadas por este autor indican que es imposible demostrar fehacientemente una diferencia de composiciones orgánicas entre el agro y la industria, ya que la relación entre dichas composiciones varía a lo largo del tiempo.