El  gobierno de Trump frente a la crisis global y el estancamiento económico

 

Arturo Guillén

DCSH-I, DE, UAM-Iztapalapa 

Red de Estudios sobre el Desarrollo Celso Furtado

artguillenrom@hotmail.com

 

 

Trump’s government before global crisis and economic stagnation

 

O governo do Trump ante a crise global e a estagnação econômica

 

Fecha de recepción: 25 de octubre de 2017

Fecha de aceptación: 23 de abril de 2018

 

 

Resumen

Este artículo efectúa un balance inicial sobre la política económica de la administración de Donald Trump, cuyo principal objetivo es superar el estancamiento económico en el que se ha desenvuelto la economía estadounidense durante las últimas décadas.

Después de analizar los graves obstáculos que enfrenta el capitalismo para superar la crisis global y lograr una recuperación sólida y sostenida, se intenta una caracterización del régimen trumpiano sugiriendo que este no significa un cambio tradicional de gobierno, sino que entraña una reconfiguración de la oligarquía financiera estadounidense. 

En ese contexto, de agudas contradicciones en el seno del bloque en el poder, se examinan los principales elementos de la política económica de Trump. El autor concluye que, si las políticas propuestas logran implementarse, difícilmente lograrán romper el cuadro de estancamiento económico. Podrán, en el mejor de los casos, provocar un auge de corta duración de corte especulativo, pero al costo de fragilizar la estructura financiera y de crear las condiciones de una nueva crisis financiera.

Palabras clave: crisis global, estancamiento económico, política económica, Donald Trump.

 

Abstract

The article presents an initial balance on the economic policy of Donald Trump’s administration, whose main objective is to overcome the economic stagnation in which the US economy has developed during the last decades.

After analyzing the serious obstacles that capitalism faces to overcome the global crisis and achieve a solid and sustained recovery, a characterization of the Trumpian regime is suggested, stating that this does not mean a traditional change of government, but involves a reconfiguration of the American financial oligarchy.

In this context, of sharp contradictions within the bloc in power, the main elements of Trump's economic policy are examined. The author concludes that even if the proposed policies are implemented, they will hardly manage to break economic stagnation. They will be able, in the best of cases, to provoke a speculative boom of short duration but at the cost of weakening the financial structure and of creating the conditions of a new financial crisis.

Keywords: crisis, economic stagnation, economic policy, Donald Trump.

 

Resumo

Este artigo faz um balanço inicial sobre a política econômica da administração de Donald Trump, cujo objetivo principal é superar a estagnação econômica em que a economia estadunidense se encontra durante as últimas décadas.

Depois de analisar os sérios obstáculos que o capitalismo enfrenta para superar a crise global e alcançar uma recuperação sólida e sustentada, se sugere uma caracterização do regime trumpiano, inferindo que isso não significa uma mudança tradicional de governo, mas envolve uma reconfiguração da oligarquia financeira estadunidense.

Nesse contexto, com fortes contradições dentro do bloco no poder, são examinados os principais elementos da política econômica de Trump. O autor conclui que, se as políticas propostas forem implementadas, dificilmente conseguirão romper o quadro de estagnação econômica. Elas serão capazes, no melhor dos casos, de provocar um boom de curta duração de caráter especulativo, mas ao custo de enfraquecer a estrutura financeira e de criar as condições de uma nova crise financeira.

Palavras-chave: crise global, estagnação econômica, política econômica, Donald Trump.

 

 

Introducción

El objetivo del presente artículo es evaluar la política económica propuesta por la administración estadounidense de Donald Trump (2016-2020) en el contexto de una realidad económica mundial caracterizada por una gran crisis –la crisis global que irrumpió en 2007–, la cual está lejos de haber sido resuelta.

Uno de los principales rasgos del momento actual de la economía estadounidense y de las principales economías del sistema capitalista es la existencia de un escenario de semiestancamiento productivo que se configuró desde los años setenta, pero que se profundizó con la crisis de 2007. Uno de los propósitos del gobierno de Trump es, precisamente, superar el estancamiento y lograr que la economía alcance tasas de crecimiento anuales del Producto Interno Bruto (PIB) del orden del 3-4%.

El balance que se efectúa en este artículo de la política trumpiana tiene un valor provisorio por diversas razones. En primer lugar, porque al tratarse de un gobierno nuevo, los elementos de la política económica están apenas perfilándose. En segundo lugar, porque Trump asciende al gobierno en una nación dividida y con severos cuestionamientos a su administración sobre una pretendida colusión con Rusia en el proceso electoral. Pero quizás lo que dificulta más el análisis es que el ascenso de Trump y de su grupo más cercano parece poner de manifiesto una recomposición de gran calado, no solo en el gobierno, sino en la estructura misma de la oligarquía financiera estadounidense, fracción hegemónica del bloque en el poder. Ello, sin duda, provocará y ya está provocando contradicciones de fondo en el curso de la política.     

En el apartado 2 se hace una revisión somera del curso de la crisis global en los últimos años y de las dificultades que enfrenta la recuperación cíclica iniciada en 2010. En el apartado 3 se intenta un esfuerzo de caracterización de la administración de Donald Trump y lo que esta significa en el proceso de reconfiguración del poder político y de la oligarquía estadounidense. En el apartado 4 se presentan algunos elementos de la todavía imprecisa e incierta política económica de la nueva administración y de su pretendido objetivo de superar el estancamiento económico.

 

1.    Más de una década de crisis global… y lo que falta: ¿recuperación o estancamiento con fragilidad financiera?

1.1. Caracterización de la crisis global (2007-¿?)

En 2007 comenzó la crisis económico-financiera más profunda que ha enfrentado el capitalismo en su ya larga historia. Más grave y compleja que la enfrentada en el periodo de entreguerras del siglo pasado. Su mayor gravedad y complejidad se revela no tanto en su impacto recesivo en los indicadores macroeconómicos –el cual, siendo muy importante, ha sido, hasta ahora, ciertamente menor en materia de producción y empleo al de los años treinta–, sino en la incertidumbre radical sobre su salida, así como por su imbricación con otros procesos de crisis como el colapso ambiental, la crisis energética y la crisis alimentaria, los cuales no estaban presentes durante la Gran Depresión de los años treinta (Guillén, 2015). Al carácter multidimensional de la crisis, que prefigura los límites históricos del modo de producción capitalista, se agrega la incapacidad de los gobiernos, de los bancos centrales y de las instituciones multilaterales para encontrar una salida que permita retomar el dinamismo que caracterizó al sistema en las dos décadas que siguieron a la Segunda Guerra Mundial.

Una “gran crisis” como la que arranca en 2007 no debe confundirse con las crisis cíclicas o crisis del ciclo corto. Se trata de una crisis de larga duración, en la cual la economía puede presentar inclusive lapsos de crecimiento sin que ello implique que se superaron las contradicciones que la originaron. En un trabajo anterior (Guillén, 2015) he propuesto que esta crisis ha atravesado por tres etapas: una que va de agosto de 2007 a septiembre de 2008, periodo en el cual aflora la crisis inmobiliaria y detona la crisis financiera con el derrumbe de la pirámide de créditos, obligaciones y derivados construida en torno a las hipotecas; una segunda etapa entre septiembre de 2008 y marzo de 2009, que corresponde a la llamada Gran Recesión que abarcó a la mayoría de los países del globo; y la tercera etapa de 2009 a la fecha, en la cual se inicia una recuperación cíclica débil y desigual de las actividades productivas, se reanudan las prácticas especulativas en los mercados financieros y se mantienen las tendencias deflacionarias. La Gran Recesión 2008-2009 terminó, pero no así la crisis global.

La Gran Depresión de los años treinta no pudo ser resuelta de manera endógena con mecanismos económicos. La política de New Deal había resultado insuficiente para resolverla y el gobierno de Roosevelt, en vez de profundizar en sus mecanismos, cedió a las presiones de la ortodoxia y retornó en 1938 a la aplicación de políticas restrictivas tendientes a alcanzar el equilibrio fiscal, lo que perpetuó las tendencias recesivas de la economía. Se requirió de la Segunda Guerra Mundial y del encumbramiento de los Estados Unidos como la nueva potencia hegemónica del sistema para que la crisis se resolviera.

Hoy tampoco la crisis tampoco ha podido ser resuelta con mecanismos endógenos. A pesar de la recuperación cíclica y del uso de políticas macroeconómicas no convencionales como los programas de  “flexibilización cuantitativa” (QE), el capitalismo no ha regresado a la normalidad. Una década después, persisten tasas de interés reales negativas y la mayoría de los países desarrollados, con excepción de Estados Unidos, siguen aplicando programas de QE.  

En la actualidad, aumentan las voces que advierten sobre el peligro de una tercera guerra mundial (véase, por ejemplo, Kagan, 2017; Trump y el estado…, 2017). Al advertir de los peligros actuales de una guerra nuclear, Chomsky cita la declaración de Rick Perry, ex-secretario de defensa estadounidense, quien declaró que  “hoy, el peligro de algún género de catástrofe nuclear es mayor de lo que era durante la Guerra Fría, y la mayoría de la gente vive felizmente inconsciente de este peligro” (Trump y el estado…, 2017). El senador republicano estadounidense Bob Corker, máximo responsable del Comité de Asuntos Exteriores de la Cámara Alta, acusó a Trump de manejar a la presidencia como un reality show y de que con sus amenazas a otros países pone a Estados Unidos “en el camino para una tercera guerra mundial” (Un destacado senador…, 2017).

1.2. El gobierno de Donald Trump y la recuperación cíclica a partir de 2009

El triunfo de Donald Trump en las elecciones estadounidenses, la victoria del referéndum del Brexit en el Reino Unido, el ascenso de las fuerzas de ultraderecha en Francia, Holanda, Alemania y otros países europeos, así como el avance de organizaciones políticas nuevas de izquierda como Unidos Podemos en España y Sryza en Grecia, del repunte de los laboristas británicos con J. Corbyn y del movimiento de Bernie Sanders en Estados Unidos expresan la creciente incapacidad de los gobiernos y partidos políticos social-demócratas y de derecha tradicionales para resolver las crisis y paliar los estragos de la globalización neoliberal en amplios sectores de su población. Al concluir la Gran Recesión 2008-2009, se creyó que bastaba con la  aplicación de medidas de austeridad por parte de los gobiernos, combinada con costosos programas de flexibilización cuantitativa por parte de los bancos centrales, para que la economía mundial caminara por el sendero de la recuperación y evitara el peligro de la deflación.

En 2010 se inició, efectivamente, un proceso de recuperación cíclica que perdura hasta la fecha. Se trata del ciclo más largo en la historia reciente del capitalismo estadounidense, más duradero inclusive que el registrado en los años sesenta al calor de la Guerra de Vietnam o que el experimentado durante la burbuja de la “nueva economía” de los noventas. Pero se trata, asimismo, de una de las fases expansivas más mediocres. Además, coincidió con la crisis europea, la que casi provoca la disolución de la integración europea, así como con la continuidad del aletargamiento de la economía japonesa.

Las políticas monetarias expansivas no convencionales de los bancos centrales seguidas desde la irrupción de la crisis en 2007, calificadas como “heterodoxas” por sus propulsores, inflaron los activos de esos bancos a niveles sin precedente, con lo que evitaron que la economía mundial repitiera una depresión del tipo de la de los treintas y que siguieran aumentando las tasas de desempleo abierto, pero no lograron reactivar sustancialmente la inversión ni el crecimiento económico. La mayoría de las economías de los países desarrollados se postraron en un cuadro de semiestancamiento económico, la financiarización se mantuvo incólume, se crearon nuevas burbujas financieras y las tendencias deflacionarias siguieron latentes. El foco de la crisis se trasladó a los países emergentes, seriamente afectados por el desplome de los precios de los productos primarios.

Como puede observarse en el cuadro 1, el PIB mundial registra una tendencia descendente desde el inicio de la “recuperación” en 2010, al pasar del 5.1% ese año al 3.1% en 2016. El crecimiento del PIB en los países desarrollados ha sido anémico y las economías emergentes han visto disminuido su crecimiento (incluyendo a China) o entraron en recesión, como fue el caso de Brasil, Argentina, Venezuela, Sudáfrica y otros países, aunque los dos primeros ya iniciaron una débil recuperación. Durante 2010-2017, el PIB de Estados Unidos se incrementó en torno del 2% anual, mientras que las economías de la zona euro y Japón registran tasas de crecimiento aún más bajas. Entre 2002 y 2016, el crecimiento promedio del PIB en Estados Unidos fue de 1.9%, lo que representa casi la mitad del 3.5% alcanzado durante 1947-2001 (Ross y Navarro, 2016: 3).

 

Cuadro 1. Indicadores de la economía mundial. Tasas de crecimiento (%)

Concepto

2007

2008

2009

2010

2011

2012

2013

2014

2015

2016

2017

PIB Mundo

5,2

3

-0,6

5,2

3,8

3,2

3,3

3,4

3,2

3,2

3,7

PIB E.U.A

2,2

0,4

-2,7

2,5

1,8

2,2

2,2

2,4

2,6

1,5

2,3

PIB Eurozona

2,6

0,5

-4,2

1,9

1,4

-0,4

-0,5

1,5

2

1,8

2,4

PIB Japón

2,1

-1,2

-5,4

2,4

-0,8

2,2

1,6

0,6

1,2

0,9

1,8

Volumen del Comercio mundial

7,2

2,8

-10,7

12,7

6,9

2,7

3,5

3,4

2,7

2,5

4,7

Precios primarios

(combustibles)

10,7

36,4

-36,8

27,9

31,9

1

-0,9

-7,5

-47,2

-15,7

23,1

Precios primarios

(no combustibles)

14,1

4,5

-18,7

26,3

17,7

-10

-1,2

-4

-17,5

-1,6

6,5

Precios al consumidor países avanzados

2,1

3,4

0,1

1,6

2,7

2

1,4

1,4

0,3

0,8

1,7

Fuente: elaboración propia con datos de World Economic Outlook Database del IMF (octubre de 2016) y de World Economic Outlook (enero de 2018)

 

El comercio internacional de mercancías se desplomó, con lo que el mercado externo dejó de ser una válvula de escape importante para las economías semiestancadas. China misma se ha visto forzada a modificar su modelo económico, con el objeto de descansar más en el consumo interno. Mientras que el comercio exterior de mercancías se incrementaba a tasas del doble del PIB mundial en el periodo anterior a la crisis global, desde 2010 el aumento del intercambio externo registra tasas semejantes e incluso inferiores al crecimiento de la producción. En 2016 se estima un crecimiento de apenas el 1.9% en el volumen del comercio mundial, casi la mitad del crecimiento del PIB (cuadro 1).

1.3 La tendencia al estancamiento económico

La anemia del crecimiento económico ha reavivado el interés por las teorías del estancamiento. Estas estuvieron de moda en la posguerra, ante el temor de que las economías capitalistas no pudieran superar las secuelas de la Gran Depresión de los años treinta (véase Hansen, 1945; Sweezy, 1981; Baran y Sweezy, (1982). En la actualidad, diversos autores neokeynesianos como Summers (2014) y Krugman (2009) han definido la etapa actual del capitalismo estadounidense como una de “estancamiento secular”. Gordon (2016) publicó un importante libro sobre el estancamiento.  

No es este el lugar para tratar en profundidad este tema y las causas de fondo que se encuentran detrás de la evidente anemia productiva del capitalismo contemporáneo. Baste señalar, por ahora, que en el caso Estado Unidos están presentes tanto factores de demanda agregada como factores desde el lado de la oferta. Entre los factores de demanda se encuentran el estancamiento de la inversión, el escaso crecimiento de los salarios reales, la alta concentración del ingreso y el elevado endeudamiento. Y entre los factores ligados a la oferta se destacan el lento crecimiento de la productividad del trabajo, el envejecimiento de la población y el acceso cada vez más restringido a la educación superior.

El problema con los análisis de corte keynesiano y con el importante estudio de Gordon es que dejan de lado el comportamiento de la tasa de ganancia y de la formación de la ganancia financiera entre los determinantes de la anemia productiva. Atrás de los bajos niveles de inversión, está presente la baja de la tasa general de ganancia, la cual a pesar de haberse recuperado durante el neoliberalismo –de manera destacada a través de la “superexplotación” de los trabajadores de la periferia– ha tendido a declinar después de la crisis de 2007. Por otro lado, debido a la financiarización, una porción importante del capital excedente se desvía de la esfera productiva a la esfera financiera en búsqueda de retornos más altos (Roberts, 2017), lo cual refuerza el estancamiento de la inversión y la debilidad en el aumento de la productividad.

El estancamiento ha estado acompañado de un reforzamiento de las tendencias deflacionarias de la economía mundial, a pesar de los enormes y sin precedentes programas de “flexibilización cuantitativa” emprendidos por los bancos centrales de Estados Unidos, la Zona Euro, Reino Unido y Japón. Las tendencias a la deflación no han podido ser revertidas, aunque en Estados Unidos parece procesarse una tímida reflación.

Los precios de los productos primarios se han desplomado durante el último lustro, lo cual genera fuertes presiones en las balanzas de pagos de los países de la periferia y fragilizan sus estructuras financieras. Los precios internacionales de los combustibles han registrado descensos significativos desde 2013. Aún con el acuerdo de reducción de las cuotas de producción de la Organización de los Países Productores de Petróleo (OPEP) de noviembre de 2016, que ha permitido un repunte temporal del precio del petróleo, no se ha podido, hasta la fecha, eliminar la sobreoferta de hidrocarburos, por lo que el precio por barril del petróleo crudo se mantiene actualmente entre los 50 y los 60 dólares. Tan solo en 2016, los precios internacionales del petróleo registraron un descenso del 15.9%. Mientras tanto, los precios de las commodities no combustibles también han bajado, año a año, desde 2012, aunque a partir de 2017 se observa un ligero repunte (cuadro 1).

La inflación, que era el principal enemigo al comenzar la década de los ochenta, se ha convertido, paradójicamente, en uno de los objetivos más deseados de la política económica de los gobiernos y de los bancos centrales de los países desarrollados. Prácticamente desde la irrupción de la crisis global, los bancos centrales se han planteado, sin conseguirlo, alcanzar una inflación del 2% anual. La razón de esta obsesión por incrementar la inflación y la obsesión paralela de la Reserva Federal de EUA (FED) de “normalizar” la política monetaria no es difícil de comprender, ya que de mantenerse las tendencias actuales de los precios de los bienes y si subsiste el estancamiento productivo, el desendeudamiento anhelado de los agentes económicos no podrá concretarse.

 

Cuadro 2. Deuda total como porcentaje del PIB, 2007 y 2016.

Países

2007

2016

Variación 2007-2016

Privada

Pública

Total

Privada

Pública

Total

Privada

Pública

Total

Francia

195,47

64,41

259,87

228,93

97,15

326,08

17,12

50,84

25,48

Alemania

162,48

63,54

226,02

149,52

68,17

217,69

-7,98

7,28

-3,69

Grecia

104,55

103,10

207,65

139,94

183,44

323,37

33,85

77,92

55,73

Italia

163,48

99,78

263,25

176,15

133,24

309,39

7,75

33,54

17,53

Japón

240,34

183,01

423,35

243,08

247,98

491,06

1,14

35,50

15,99

Portugal

266,70

68,44

335,14

275,29

128,45

403,74

3,22

87,68

20,47

España

263,49

35,51

299,00

215,96

100,08

316,04

-18,04

181,83

5,70

Reino Unido

220,00

42,21

262,21

224,96

89,00

313,96

2,26

110,84

19,74

Estados Unidos

204,39

64,01

268,40

198,49

108,25

306,73

-2,89

69,10

14,28

Fuente: elaboración propia con datos de OCDE y de World Economic Outlook Database (IMF).

 

De hecho, como se puede apreciar en el cuadro 2, la deuda total de la mayoría de los países como proporción del PIB, en vez de disminuir con la “recuperación”, ha aumentado a la par que comienza a incrementarse su servicio debido al ascenso reciente en las tasas de interés en los Estados Unidos. Según datos del Instituto Internacional de Finanzas (IIF), la deuda global alcanzó los 217 billones de dólares (trillions) en 2016. Esta cantidad equivale al 327% del PIB mundial, muy por encima del 269% que existía al estallar la crisis en 2007. Tan solo en los nueve primeros meses de 2016, el incremento de la deuda fue de 11 billones de dólares (La deuda mundial…, 2017). El mayor aumento ha provenido de la deuda pública, pero también la deuda originada por consumidores, corporaciones y bancos no ha dejado de incrementarse.

No resulta sorprendente el mayor grado de endeudamiento, si se toma en cuenta que durante la crisis la destrucción del capital ficticio acumulado durante la burbuja inmobiliaria fue contenida por el Estado. Los bancos no quebraron ni sus deudas fueron canceladas, sino que fueron salvados por los gobiernos. Las deudas privadas sencillamente se convirtieron en deudas públicas, lo que trasladó el costo de la crisis a los contribuyentes mediante las políticas de austeridad. Los activos tóxicos junto con otros instrumentos financieros fueron a parar a la “panza” de los bancos centrales mediante las compras de títulos establecidas en los programas de flexibilización cuantitativa. Los balances de los principales bancos centrales del mundo acumulan la friolera de 17,6 billones (trillions) de dólares en activos. De la cifra total, la FED cuenta con alrededor de 4,4 billones de dólares, el Banco Central Europeo (BCE) con cerca de 3,5 billones, mientras que el Banco de Japón suma 4,1 billones y el Banco Popular de China cerca de 5 billones. Estos títulos siguen en sus balances, sin perspectivas de que puedan venderlos, ya que, de hacerlo, derrumbarían los precios de los bonos y acabarían con cualquier tentativa de normalización monetaria. ¡Hace tiempo que lo normal en el capitalismo es una persistente anormalidad!

La posibilidad de una nueva crisis financiera no puede soslayarse. La deuda, como se dijo antes, en lugar de disminuir con la “recuperación”, no ha dejado de aumentar. En este escenario, no es una sorpresa la persistencia de la  deflación. Esta no expresa otra cosa que la incapacidad de superar el estancamiento económico y de reducir el endeudamiento con las políticas seguidas desde la crisis. Como se observa en el cuadro 1, desde 2012 el incremento de los precios al consumidor en los países avanzados no ha rebasado durante los últimos años el 2% y presenta una tendencia descendente. Ello a pesar de la enorme inyección de liquidez de parte de los gobiernos y los bancos centrales desde el inicio de la crisis. En 2016 se estima una inflación promedio del 0.7%, muy lejos del 2% planteado como objetivo por los bancos centrales.

 

2.    Una tentativa provisoria de caracterización del régimen trumpiano

2.1 El gobierno de Trump y la recomposición de la oligarquía financiera estadounidense

Como se dijo antes, es muy pronto para establecer juicios definitivos sobre la caracterización de la nueva administración estadounidense. Sin embargo, no parece existir duda de que el triunfo electoral de Trump no es un cambio tradicional de gobierno, una alternancia rutinaria de un gobierno demócrata a otro republicano. El mero ascenso vertiginoso de un empresario rentista con un discurso estridente y ultraconservador, sin antecedentes en el aparato político, revelaría en sí mismo que estamos ante hechos nuevos en la política estadounidense. Parecería que se están experimentando cambios de gran calado no solamente en la configuración del gobierno, sino en la composición del bloque  en el poder y de su fracción hegemónica: la oligarquía monopolista-financiera. Ello anuncia, y de hecho ya están presentes, contradicciones en su seno.

La integración del gabinete de Trump es una muestra fehaciente de esa recomposición. Pese a que en el transcurso de su campaña Trump se declaró ajeno a los intereses de Wall Street para diferenciarse de Hillary Clinton, a quien acusaba, con razón, de recibir donaciones millonarias de las grandes corporaciones financieras, la presencia de estas en el nuevo gobierno es sobresaliente. Como dijo algún analista, no solo Wall Street está presente en el gabinete, sino, tal vez, lo peor de Wall Street. El nuevo Secretario del Tesoro, Steven Mnuchin, fue alto funcionario de Goldman and Sachs, el principal banco de inversión de EUA. Antes de incorporarse al gobierno, presidía un fondo de cobertura. En 2009 se asoció con el especulador George Soros en la compra de Indy Mac, un banco encargado de comprar  hipotecas basura y que desahució, es decir, dejó sin sus casas, a 36.000 deudores. Gary Cohn, el número 2 de Goldman and Sachs, institución que ha dominado las principales posiciones financieras de Washington, por lo menos desde la administración de Bill Clinton, fue nombrado Asesor Económico en Jefe de la Casa Blanca, la principal posición económica del gobierno[1]. Y en la Secretaría de Economía despacha Wilbur Ross con nexos desde mucho tiempo atrás con el financiero Rothschild. Fundó, desde finales de los noventas, varios fondos especializados en adquirir firmas con dificultades financieras, para reestructurarlas y posteriormente venderlas; entre otros proyectos se encargó del salvamento de los casinos de Donald Trump en Atlantic City. Él es el encargado, junto con Robert Ligthizer, representante de Comercio, del diseño de la política comercial y de la renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN). Como se ve, las puertas giratorias entre Wall Street y Washington siguen funcionando como de costumbre, y no con sus elementos más doctos. 

Otro segmento que cobra mayor relevancia en el gobierno son los militares. El Secretario Seguridad Nacional, John Kelly, y ahora Jefe de Gabinete, es ex jefe de operaciones en la guerra de Irak y responsable de la cárcel de Guantánamo, desde donde se opuso al plan de Obama de cerrarla. Antes de su nombramiento en el gabinete, fue jefe del Comando Sur de 2012-2016, organismo del Pentágono, encargado de la seguridad de América del Sur, Centroamérica y el Caribe, por lo que conoce bien América Latina. La administración Trump definió como principal misión de seguridad detener la inmigración ilegal y asegurar las fronteras. En 2016, Kelly alertó al Congreso acerca de la vulnerabilidad que presenta la frontera con México, ya que las organizaciones terroristas podrían usar las mismas rutas y redes ilícitas del contrabando humano para realizar operativos con intenciones de causar graves daños a los ciudadanos de EUA,  y hasta traer armas de destrucción masiva a Estados Unidos (El marine John Kelly…, 2016). En la Secretaría de la Defensa fue colocado otro general halcón, John Mattis, quien se desempeñó como comandante del Comando Central y fue comandante con altas responsabilidades durante la invasión de Irak y la guerra de Afganistán. Por su ferocidad fue apodado “perro rabioso” (7 frases del general…, 2016).[2] Es enemigo jurado de Irán, al que considera la mayor amenaza para la estabilidad del Medio Oriente. Otro militar, Mike Pompeo, veterano de la guerra de Irak, ocupa la CIA, la célebre agencia de espionaje.

Muchos ministros de Trump son millonarios y varios de ellos dirigentes de corporaciones trasnacionales. Aparte de los miembros de Wall Street que copan el área financiera, se refuerzan grandemente los intereses fosilistas de las grandes petroleras. El mejor ejemplo es el nombramiento de Rex Tillerson, CEO de la Exxon –la empresa estadounidense más grande del ramo y cuarta del mundo–, como Secretario de Estado, lo que significa que la política exterior y la estrategia geopolítica de Estados Unidos se entrelazan más estrechamente con los intereses petroleros. La explotación acelerada de los recursos fósiles en proceso insalvable de declinación, y de los cuales depende la agigantada maquinaria de acumulación y de consumo del capitalismo, reclaman el control de las reservas petroleras del Medio Oriente, de Venezuela y otras zonas del mundo, así como la extracción de crudo mediante técnicas depredadoras, como el fracking, las aguas marinas u otros campos no convencionales[3].

La administración actual parece estar constituida por cuatro segmentos que actúan como círculos concéntricos, los cuales mantienen diferencias entre ellos y se disputan la hegemonía en torno de su gobierno: el “círculo íntimo”, que incluye a S. Bannon[4], J. Kushner, D. Trump Jr., Ivanka Trump, cuyo principal objetivo pareciera ser fracturar el establishment bipartidista; los miembros del establishment republicano, el cual incluía al destituido Jefe de Gabinete R. Prebius, a los líderes del congreso Paul Ryan, y M. Mc.Connell y a los republicanos “moderados”; y un tercer grupo, el llamado “estado profundo” (deep state) integrado por los intereses petroleros y financieros. En este segmento, encumbrado desde las administraciones de Reagan y las dos Bush, se ubican personajes como el vicepresidente M. Pence, los secretarios Tillerson y Mattis, así como los senadores  John McCain y L. Graham (Madsen, 2017). A estos tres grupos habría que agregar, en mi opinión, un cuarto grupo constituido por los neoconservadores, entre los cuales se ubican el senador Ted Cruz, el ultraliberal Rand Paul y los restos de lo que constituyó el Tea Party.

Entre los distintos círculos en que se apoya Trump, existen notorias contradicciones que ya se han expresado en la discusión de las iniciativas presidenciales en el Congreso, como es el caso de la revocación del Obamacare, la cual naufragó en el Senado. El establishment republicano y los neoconservadores seguirán apoyando a Trump, en la medida que la agenda económica, orientada a favorecer a los más ricos, prospere, como sucedió con la aprobación de la reducción fiscal. Si se atorara su agenda, no es improbable que las contradicciones se agudicen y que, de continuar el rumbo errático y cuestionado de la administración, acaben retirando su sostén.  

2.2. Racismo, nacionalismo exacerbado y protofacismo, sellos del trumpismo

Para llegar al gobierno y sostenerse, Trump utiliza un discurso protofacista y racista, el cual cala hondo en su base política de blancos afectados negativamente por la globalización neoliberal. No es que esa población blanca se haya vuelto racista repentinamente con Trump. Se trata, más bien, de amplias capas de la población blanca que históricamente han tenido una ideología y una cultura racista, y que encuentran en el discurso supremacista trumpiano un asidero para su manera de concebir a su país y el mundo, así como para la explicación de sus problemas actuales. Para atizar el racismo, se ha construido un nuevo enemigo: los inmigrantes (latinos, principalmente) y los islámicos radicales, de la misma forma que, en otras condiciones históricas, Hitler culpó a los judíos de los males de la Alemania[5]. En ese contexto se ubica el muro en la frontera mexicana y las prohibiciones  de viajes de varios países con predominio islámico.

En el terreno económico, la nueva administración ha asumido, como veremos con mayor detalle más adelante, un discurso proteccionista y antiglobalizador. Algunos autores han interpretado equivocadamente  este sesgo como el fin del neoliberalismo y de la globalización. Más que romper  con el neoliberalismo y el libre comercio, el gobierno estadounidense utiliza la renegociación de los acuerdos comerciales para fortalecer el poder estadunidense e imponer condiciones más favorables a sus empresas trasnacionales (ETN). Como bien apunta Palley, se trata, más que nada, de un “circo antiglobalizador” (Palley, 2017). En otras palabras, libre comercio bajo nuevas formas, el cual en la etapa actual del capitalismo, es un “mercantilismo corporativo”. Junto a ello se intenta un arsenal de medidas que refuerzan el neoliberalismo, como la desregulación financiera y de las medidas de protección del medio ambiente.

El cumplimiento de la agenda del gobierno de Trump no será una tarea fácil. De entrada enfrenta un proceso de investigación por su eventual colusión con el gobierno ruso en el proceso electoral, cuyo desenlace es incierto, pero que limita su accionar. Por otro lado, la mayoría de sus propuestas económicas requieren de la aprobación legislativa. Aparte de la hasta ahora compacta oposición demócrata, confronta una base de apoyo republicana dividida, la cual le seguirá solamente en aquellos proyectos que satisfagan sus intereses partidistas.

En suma, el ascenso del trumpismo implica una recomposición del bloque en el poder estadunidense, mediante la cual se fortalecen Wall Street, el complejo financiero-industrial-militar y las corporaciones  fosilistas. A nivel político se  ensancha la presencia de las corrientes de ultraderecha y de los militares. Los cambios recientes en el gabinete sucedidos en 2018, la salida del gabinete de personajes como Cohn, Tillerson, Mac Master y el nombramiento, en su lugar, de Kudlow Pompeo y Bolton revelan un deslizamiento cada vez más acusado a la ultraderecha, con personajes más cercanos a línea política del mandatario,  y un desplazamiento de los elementos más “moderados” del Partido Republicano y del deep state.

 

3.    La política económica de Trump y su impacto en el curso de la economía

3.1. Estancamiento y proteccionismo ofensivo

El semiestancamiento económico, la desglobalización y la deflación son tendencias que vienen de atrás y que abarcan a las principales economías capitalistas. Como se dijo antes, estas tendencias se agudizaron con la crisis global de 2007. Como reconoce el historiador neoliberal N. Ferguson, “la desglobalización ha estado en marcha desde septiembre de 2008 –medida por los volúmenes de comercio, así como por el compromiso político con la globalización (…) Este es justamente el mayor paso hacia abajo desde entonces” (Deglobalization…, 2016).

Desde la segunda posguerra, la globalización comercial, la cual podemos medir a través del grado de apertura de las economías (exportaciones mundiales como porcentaje del PIB), cobró impulso. Sin embargo, como puede observarse en el gráfico 1, el proceso se acelera notablemente después de la gran crisis de los años setenta. Ante el angostamiento de los mercados internos debido a la caída de la tasa de ganancia, los sectores de punta del capital de los principales países desarrollados proyectaron sus mercados y sus capitales al exterior  (Guillén, 2007), inaugurando la etapa del neoliberalismo, concepto sintético que abarca diversos procesos, entre ellos, la globalización comercial y financiera. El grado de apertura de la economía mundial aumenta del 13.5% del PIB en 1970 al 20% en 1990. En el marco de las políticas del Consenso de Washington, alcanza nuevas cimas hasta alcanzar el 30% en 2008, al irrumpir la crisis global e iniciarse la Gran Recesión. Durante el transcurso de esta última, el grado de apertura descendió casi cinco puntos porcentuales, aunque al iniciarse la recuperación cíclica, el indicador retomó el 30%. No obstante este proceso se detuvo en 2012. A partir de ese año el grado de apertura comienza a descender nuevamente, lo que señala una clara tendencia a la desglobalización comercial. En 2015, el grado de apertura fue del 28.7%.

El repliegue hacia dentro de las economías nacionales no parece estar circunscrito al comercio. La inversión extranjera directa (IED), si bien sigue creciendo (cuadro 1), lo hace a un ritmo más lento. Según datos de la UNCTAD, los flujos globales de IED crecieron 38% en 2015, pero aún se encontraban 10% por debajo del nivel anterior a la crisis. Además el 41% de dichos flujos fueron para efectuar fusiones y adquisiciones, es decir, responden más a la financiarización y a la especulación con activos, que a la ampliación de la capacidad productiva. En 2016, la tendencia de crecimiento de la IED se invirtió, ya que los flujos globales disminuyeron 13.6%.

 

Gráfico 1. Grado de apertura de la economía mundial, 1970-2016

Fuente: elaboración propia con datos del Banco Mundial

 

3.2. Los ejes de la política económica de la nueva administración estadounidense: economía de la oferta y proteccionismo ofensivo

En este contexto de desglobalización y de descontento social en contra de la globalización neoliberal es que se produce el arribo de Donald Trump al gobierno estadounidense. Es temprano para saber con precisión cuál será la política económica que emprenderá su administración, ya que, como se dijo arriba, además de que apenas comienza, enfrenta múltiples contradicciones entre las fuerzas republicanas que lo apoyan. Esto se ha evidenciado, por ejemplo, con el rotundo fracaso en el Congreso para eliminar el Obamacare, lo cual retarda la puesta en marcha de otros elementos de su agenda económica. Las contradicciones en el gobierno de Trump, entre su “círculo íntimo”,  el establishment republicano y el ala neoconservadora del Congreso seguirán estando presentes a lo largo de su administración.

Durante la campaña electoral, Wilbur Ross, ahora secretario de Comercio, y Peter Navarro, profesor de la Universidad de California y hoy titular del Consejo Nacional de la Casa Blanca, organismo de creación reciente, publicaron un ensayo donde perfilaban los principales elementos de la estrategia económica (Ross y Navarro, 2016), cuyos ejes han sido validados en las primeras acciones del gobierno.

En ese documento, Ross y Navarro plantean que el principal objetivo del programa económico de la administración Trump será superar el estancamiento económico e incrementar significativamente el crecimiento y la creación de empleos. De acuerdo con la interpretación de los autores, el estancamiento económico no es el resultado de problemas estructurales de la economía estadounidense ni de los efectos de la crisis global, sino principalmente de haber ignorado “los roles significativos que los altos impuestos y la regulación incrementada han jugado en inhibir el crecimiento económico estadounidense desde el comienzo del siglo XXI, así como de nuestra capacidad para corregir los problemas” (Ross y Navarro, 2016: 3). Con este diagnóstico refrendan dos temas centrales de la agenda conservadora liberal desde Reagan: la idea de que la excesiva carga fiscal es la causa de los bajos niveles de crecimiento e inversión de la economía, y de que existe una excesiva participación económica del Estado, la cual conduce a la sobrerregulación de las actividades del capital privado.

Para alcanzar las metas propuestas de crecimiento, proponen como medidas principales reducir el déficit externo mediante la revisión profunda de los acuerdos comerciales y de la política comercial; reducir los impuestos al ingreso de las corporaciones y de los individuos; acelerar la desregulación de las actividades económicas, incluyendo las regulaciones ambientales y financieras, y detonar un ambicioso programa de construcción de infraestructura.

La estrategia económica descansa en dos pilares: una política fiscal que recupera la llamada “economía de la oferta” (supply side economics), desarrollada  por Wanniski (1978) y basada en la llamada “curva de Laffer”, mediante la cual se sostiene que mientras mayores sean los impuestos menores tenderán a ser los ingresos fiscales. Esa teoría fue aplicada por el gobierno de Ronald Reagan, bajo el supuesto de que la baja de los impuestos a los ricos y la desregulación detonarían la inversión; y una política comercial mercantilista, la cual asume que la reducción sustancial del desequilibrio de la balanza comercial estadounidense regresará los empleos a casa.

La reforma fiscal basada en la reducción de impuestos fue aprobada por el Congreso estadounidense en diciembre de 2017 con el voto de la mayoría de los representantes republicanos, e incluso con en el de algunos congresistas demócratas en la Cámara Baja. Su aprobación demuestra que, cuando las leyes benefician a los más ricos de ese país, las contradicciones entre las distintas fracciones desaparecen y conforman un frente unido. Con la reducción fiscal, se busca reactivar la inversión y por esa vía impulsar el crecimiento económico y la creación de empleos. El incremento de la inversión permitiría a su vez elevar la productividad del trabajo, la cual ha registrado tasas de crecimiento muy bajas. En el periodo 2010-2016, la productividad del trabajo creció en promedio un 0.32% anual, tasa ocho veces por debajo a la alcanzada en 1950-1972, durante el auge largo de la posguerra. En realidad, la pérdida de dinamismo de la productividad es un fenómeno observable desde la década de los setenta cuando tal auge llegó a su fin, como se puede apreciar en el cuadro 3. 

 

Cuadro 3. Estados Unidos. Productividad del trabajo. Tasa de crecimiento medio anual (%)

Período

1920-1950

1950-1972

1970-1979

1980-1989

1990-1999

2000-2009

2010-2016

Productividad del trabajo

2,97

2,65

1,57

1,71

1,73

1,95

0,32

Fuente: elaboración propia con datos de BEA y Gordon (2016),

 

Habrá que observar si efectivamente la reducción fiscal decretada por la administración estadounidense permitirá alcanzar el objetivo de detonar la inversión productiva, aunque es probable que, debido al exceso de liquidez y de capital ficticio que prevalece desde 2007, buena parte de los recursos liberados se trasladen a la especulación financiera. Apenas anunciada su aprobación, de inmediato se presentó un boom en la bolsa de valores de Nueva York y en las bolsas de valores del mundo.

La política comercial mercantilista trumpiana de reducir el déficit externo también confronta serias dificultades para su concreción. Esta ha sido presentada como una política contra el libre comercio y proteccionista. Se plantea como objetivo reducir drásticamente el déficit de la balanza comercial, que actualmente ronda los 500 mil millones de dólares y los 800 mil md si se excluye el superávit de la balanza de servicios. Se trata de una política comercial que parece recuperar, como se dijo más arriba, los principios más toscos del mercantilismo –doctrina desechada por el pensamiento económico desde los tiempos de Adam Smith–, al suponer que la simple eliminación del déficit externo se traducirá automáticamente en un crecimiento de la producción y el empleo internos.

A primera vista, la etiqueta contra el libre comercio y proteccionista resulta verosímil en el gobierno de Trump. Una de las primeras medidas anunciadas por el gobierno fueron la de retirarse del Tratado Transpacífico (TTP), proyecto globalizador impulsado por Obama, así como cancelar o renegociar el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA, por sus siglas en inglés). En este último caso, para justificar su revisión  –eufemísticamente llamada “modernización” o “actualización”– se convierte a la víctima de  ese tratado asimétrico (México) en el culpable de los problemas que afronta Estados Unidos, con lo que, de paso, se refuerza la campaña ideológica racista en contra de los migrantes mexicanos y centroamericanos.

Al tiempo que se abandonan o se revisan los proyectos de integración impulsados por administraciones anteriores, se deja de lado la estrategia comercial multilateral y se favorece la firma de acuerdos bilaterales[6]. Aunque hasta la fecha solo se ha revisado el tratado bilateral con Corea del Sur, se menciona la posibilidad de firmar tratados bilaterales con Japón, Reino Unido e India. La nueva estrategia comercial es definida por la Oficina del Representante Comercial de EUA en los siguientes términos:

 El propósito general de nuestra política comercial -el principio que guía todas nuestras acciones en esta área clave- será expandir el comercio de una manera más libre y justa para todos los estadounidenses. Cada acción que tomemos con respecto al comercio será diseñada para aumentar nuestro crecimiento económico, promover la creación de empleo en los Estados Unidos, promover la reciprocidad con nuestros socios comerciales, fortalecer nuestra base de fabricación y nuestra capacidad para defendernos y expandir nuestras exportaciones agrícolas y de servicios. En términos generales, creemos que estos objetivos pueden lograrse mejor concentrándonos en negociaciones bilaterales más que en negociaciones multilaterales, y renegociando y revisando acuerdos comerciales cuando nuestros objetivos no se cumplan (USTRL, 2017).

En otras palabras, no se trata de abandonar los acuerdos de libre comercio, sino de reenfocarlos por vías preferentemente bilaterales. Que el comercio internacional sea no solamente “libre”, sino “justo”. ¿Justo para quién? Obviamente para los Estados Unidos. Lo que se busca ahora es revisar los acuerdos de manera de favorecer más a los Estados Unidos, mediante la imposición a las contrapartes de la fuerza de los intereses geoeconómicos y geopolíticos de las ETN y el gobierno. Se trata de utilizar la todavía posición hegemónica de los EUA para incrementar su tajada en el comercio internacional y tratar de contrarrestar un mundo que se desliza hacia la multipolaridad. El principal objetivo de la estrategia proteccionista es China, lo que comprueba que la política comercial es solamente un instrumento de una política geoestratégica más amplia enfocada a preservar la hegemonía estadounidense y detener el avance del gigante asiático. No se trata del fin del “libre” comercio, sino del reforzamiento del “mercantilismo corporativo” que ha sido el sello distintivo de los acuerdos de libre comercio neoliberales

Es ilusorio pensar que el fortalecimiento del proteccionismo y el repliegue hacia lo nacional significan el fin de la globalización. El capital monopolista-financiero, tanto el que se mueve en la esfera financiera como el que se desplaza y deslocaliza en la esfera productiva hacia otros espacios geográficos requiere de los mercados externos para su reproducción y valorización. Las cadenas globales de valor en la que participa este capital, forjadas a los largo de décadas de internacionalización del capital, no podrán ser removidas rápida ni fácilmente, aunque lo desearan los gobiernos, pues dichas cadenas fueron construidas en buena medida para superexplotar a los trabajadores de las periferias y elevar las tasas de ganancia de las ETN (Smith, 2016; Chesnais, 2016). 

La vocación del capital, como lo dijo Marx desde la publicación del Manifiesto Comunista, es mundial. Sin embargo, como bien lo entendía Nicolás Bujarin (1977), la tendencia a la internacionalización del capital choca siempre con la permanencia de los estados nacionales. La contradicción globalización-estado nacional es irresoluble bajo el capitalismo. Por ello, más que ver en el fracaso del discurso neoliberal de la era bushista-clintoniana el fin de la globalización comercial o financiera, habría que entender que los nuevos gobiernos de ultraderecha vivirán constantemente en medio de esta tensión, esta contradicción entre lo global y lo nacional. Ante la inviabilidad de contradecir radicalmente la lógica de reproducción del capital monopolista-financiero, el gobierno de Trump se enfoca, en mi opinión, a efectuar intentos parciales de traslado de algunos miles de empleos a Estados Unidos y a utilizar mecanismos propagandísticos de estas acciones para mantener vivas las ilusiones de las bases blancas que lo llevaron al gobierno.

Si la política de Trump no implica el fin de la globalización, mucho menos significa el fin del neoliberalismo. Este entraña fundamentalmente un proyecto de clase del bloque en el poder en contra de los trabajadores. Las políticas neoliberales no solamente no serán abandonadas, sino que serán profundizadas, como lo muestran diversas acciones privatizadoras y desreguladoras que se anuncian en el nuevo gobierno; la indisposición a elevar los salarios mínimos; el desmantelamiento de los programas sociales; la continuación de las políticas privatizadoras; el uso del esquema de asociaciones público-privadas en el pretendido programa de infraestructura; la reducción de los impuestos a los ricos; la desregulación del sistema financiero con la anulación o revisión de la Ley Dodd-Frank, lo que fragilizará aún más las estructuras financieras; y la desregulación ambiental, lo que exacerbará el colapso climático y ambiental de nuestro único planeta.

El mero anuncio de la disminución de los impuestos, de la desregulación financiera y del medioambiente, así como del incremento del gasto público en infraestructura y del gasto militar, ha provocado, desde el triunfo electoral de Trump, un boom especulativo en las bolsas de valores y en los mercados financieros. Las promesas del gobierno de Trump han despertado los “espíritus animales” del capital. Sin embargo, es difícil que el llamado “rally trumpiano” sea sostenible. Es un boom basado en expectativas sobre estrategias inciertas.

Aun considerando que su propuesta económica avanzara en los próximos meses, es poco probable, en mi opinión, que el programa económico del nuevo gobierno logre revertir el cuadro de semiestancamiento en que se ha desenvuelto la economía estadounidense durante los últimos tres lustros. No es improbable, como se dijo arriba, que tal como sucedió con la “economía de la oferta” (supply side economics) en la era Reagan, la reducción de los impuestos a los ricos, en vez de enfocarse a la inversión productiva y a la creación de empleos, se traslade a la especulación en los mercados financieros, lo que aumentará su fragilidad.

La política de Trump podría provocar, en todo caso, una reactivación de corto plazo de la economía, pero las probabilidades, más adelante, de una nueva crisis financiera y recesión asociada seguirán presentes.

El Banco de Pagos Internacionales (BPI) era muy consciente de los peligros de una nueva crisis financiera, aún antes de que la política proteccionista de Trump provocara volatilidad en los mercados financieros a partir de febrero de 2018. En su perspectiva de octubre de 2017 señalaba el hecho de que la normalización monetaria en los países desarrollados es un proceso que, de alcanzarse, durará varios años, lo cual crea condiciones para la inestabilidad financiera. Según sus propias palabras:

El entorno de (política) monetaria acomodaticia –necesario para sostener la actividad e impulsar la inflación– está también conduciendo a valuaciones de activos crecientes y a mayor endeudamiento (…) Entonces el soporte monetario prolongado contemplado por las mayores economías puede conducir a la creación excesos financieros ulteriores (…) Al mismo tiempo, el endeudamiento entre las mayores economías globales se está incrementando. (…) Mientras que esto ha ayudado a facilitar la recuperación económica, también ha dejado al sector no financiero más vulnerable a cambios en las tasas de interés (IMF, 2017: x).  

Ello se complica, porque el  ciclo económico se encuentra en una fase muy avanzada de su desarrollo. Aunque anémica, se trata de una expansión cíclica que ha superado, en duración, a las registradas anteriormente. Más temprano que tarde, la expansión se detendrá. El endeudamiento, como se dijo, sigue siendo muy alto, las tendencias deflacionarias no han podido ser contenidas y los mercados financieros se encuentran sobrevaluados, mientras que, al avanzar el proteccionismo, los mercados externos, de por sí postrados, dejarán de ser una válvula de escape de las dificultades internas.

 

Conclusiones

El estancamiento económico, la desglobalización y la deflación son tendencias que vienen desde hace varias décadas. El consenso neoliberal ha comenzado a fracturarse. La fractura se profundizó con la crisis global. En este contexto se ubican el Brexit y el triunfo de Donald Trump.

El capitalismo confronta en la actualidad graves obstáculos para superar la crisis global y lograr una recuperación sólida y sostenida. La recuperación cíclica iniciada en 2009 es la más larga registrada desde la posguerra, pero al mismo se caracteriza por la mediocridad del crecimiento. Además, no obstante las inyecciones de liquidez sin precedentes de los gobiernos y de los bancos centrales, no ha podido erradicar las tendencias deflacionarias, lo que restringe grandemente los intentos de normalización monetaria pretendidos por la FED.

El régimen trumpiano no significa un cambio tradicional de gobierno, un simple cambio de un gobierno demócrata por otro republicano, sino que entraña una reconfiguración de la oligarquía financiera estadounidense y de sus relaciones con el Estado. Con su ascenso, se fortalecieron los intereses de las finanzas, del complejo militar-industrial y de las grandes corporaciones petroleras y fosilistas en general. La reconfiguración en la cúpula del poder entraña serias contradicciones en el seno del gobierno y del Estado.

En ese marco, se examinan los principales elementos de la política económica de Trump. El principal objetivo de dicho programa es superar el estancamiento económico, incrementar el crecimiento económico y la creación de empleos. Para alcanzar tales metas,  se propone, en materia comercial, reducir el déficit externo mediante la revisión profunda de los acuerdos comerciales y de la política comercial. La política trumpiana se presenta como una política contra el libre comercio y proteccionista. Una de las primeras medidas anunciadas por el gobierno fue la de retirarse del TTP, así como cancelar o renegociar el Tratado de Libre Comercio de América del Norte.

Es ilusorio pensar que el fortalecimiento del proteccionismo y el repliegue hacia lo nacional van a significar el fin de la globalización neoliberal. El capital monopolista-financiero, tanto el que se mueve en la esfera financiera como el que se desplaza y deslocaliza en la esfera productiva, requiere de los mercados externos para su reproducción y valorización. Las cadenas globales de valor en la que participa este capital, forjadas a lo largo de décadas de internacionalización del capital, no podrán ser removidas fácilmente.

Se concluye que, aun si las políticas propuestas logran implementarse, difícilmente lograrán romper el cuadro de estancamiento económico y superar la crisis global. Podrán, en el  mejor de los casos, provocar un auge de corta duración de corte especulativo, pero al costo de fragilizar la estructura financiera y de crear las condiciones de una nueva crisis financiera.

 

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[1] G. Cohn renunció a su posición en marzo de 2018 por diferencias en torno la decisión de Trump de imponer aranceles a las importaciones de acero y aluminio

[2] Mattis declaró que es justificado matar a los islámicos porque maltratan a las mujeres. “Vas a Afganistán y ahí hay tipos que llevan cinco años pegando a mujeres porque no llevan velo. Tipos así no tienen ni rastro de humanidad. Por eso, va a ser muy divertido dispararles” (7 frases del general…, 2016).

[3] Tillerson fue cesado de su cargo en marzo de 2018 y sustituido por Mike Pompeo, el director de la CIA, más propenso a la ruptura del acuerdo nuclear con Irán.

[4] Bannon fue despedido como asesor de Trump, pero sigue efectuando una intensa campaña ideológica de ultraderecha en los medios de comunicación en los que participa. Además ha jugado un rol prominente y activo en las campañas políticas de los republicanos más reaccionarios, como fue el caso del candidato Roy Moore, candidato perdedor en las recientes elecciones para cubrir una vacante del Senado en Alabama.

[5] De manera recurrente y machacona, Trump identifica a los migrantes mexicanos como maleantes o narcotraficantes. Por ejemplo, en febrero pasado, para justificar la construcción del muro, afirmó: “En este momento, los funcionarios de inmigración encuentran a pandilleros, narcotraficantes y criminales extranjeros y los mandan al diablo y fuera del país. Y no les permitiremos regresar. Si lo intentan, tendrán más problemas de lo que jamás imaginaron (…) Recuerden que estamos atrapando a los malos. A estos tipos malos los estamos aprehendiendo… Si ustedes vieran a estas personas, ¡oh! Es tan triste. Estamos sacando a la gente mala de este país, a la que no debe estar aquí, ya sea por drogas, asesinato u otras cosas. Son los malos quienes se irán primero, como prometí desde el primer día. Básicamente, lo único que he hecho es cumplir mi promesa” (Comenzaremos el muro…, 2017).

[6] En realidad, la preferencia por acuerdos bilaterales en la política comercial estadounidense no es nueva, sino que se inicia con la administración de George W. Bush al fracasar el ALCA en 2005, ante la negativa de los gobiernos progresistas de América del Sur.