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acumulación de capital en base a ningún “poder estructural”: al contrario, se
trató de reclamos al Estado por contraprestaciones dinerarias a las trabajado-
ras y los trabajadores que quedaban desocupados entre cosecha y cosecha,
porque era la propia producción la que discontinuaba el empleo (Rau, 2010).
Además de esta intermitencia de la concentración de trabajadores y traba-
jadoras en el tiempo, está la cuestión de los diversos itinerarios de su mo-
vilidad en el espacio. En búsqueda de una fuente de sustento, buena parte
de las trabajadoras y los trabajadores rurales son migrantes: circulan por el
territorio, combinando ocupaciones breves en distintos puntos y en distintos
momentos, procurando constituir un ingreso anual con empleos u ocupacio-
nes sucesivas (Bendini y Radonich, 1999; Quaranta, 2021). En todos lados se-
rán trabajadores temporarios, eventuales y forasteros, sin compañeros jos,
aun cuando repitan el ciclo más de una vez. Pueden pensarse grosso modo
en dos grandes subgrupos: el de aquellos que migran encadenando distin-
tas cosechas en diferentes lugares; y el de las y los trabajadores que per-
manecen básicamente en su área de residencia, pero combinando distintos
tipos de empleos y trabajos temporarios en el campo o la ciudad. También es
importante pensar este segmento de trabajadores migrantes dividido entre
los plenamente desposeídos y los que apelan al empleo asalariado como
parte de su existencia campesina o cuentapropista, marcando un perl de
disposición muy distinto ante la conictividad laboral en el campo. En cual-
quier caso, el hecho es que además ni siquiera recorren itinerarios comunes
ni comparten exactamente la misma condición social ni área de residencia.
Esta inconstancia en los empleos y los orígenes heterogéneos desde los
cuales conuyen circunstancialmente en ellos dicultan la identicación y
organización colectiva y, por lo tanto, el ejercicio de cualquier poder estruc-
tural que pueda atribuirse al sector agropecuario como tal.
Conclusiones
El sector agropecuario argentino, como conjunto, presenta una importan-
cia estructural y un nivel de excedente económico que, de acuerdo con el
enfoque de los recursos de poder o de la posición estratégica, ofrecería con-
diciones objetivas a sus trabajadores y trabajadoras para pugnar con éxito
por mejoras laborales: concentra dos tercios de las exportaciones del país;
dispone de una cuota de excedente superior a otras ramas económicas a
través de la renta agraria; alimenta a la población local jando buena parte
de los precios de la canasta básica; y se encadena fuertemente con otras
ramas económicas. El examen de dos variables clave de las condiciones la-
borales de las asalariadas y los asalariados del campo nos mostraron que la
importancia estructural y los márgenes económicos del agro no se traducen
en ningún “derrame” para ellos y ellas: el trabajo informal (62%) duplica la
media de la economía nacional (31%), mientras que sus salarios promedio
entre 2016 y 2023 se ubicaron un 40% por debajo de los de otras ramas,
Juan Manuel Villulla y Patricio Vértiz
cuando no directamente por debajo de la línea de pobreza. Y mientras el
trabajo se quedó solo con el 21% del VAB, el capital y la propiedad de la tierra
acapararon el 67% del mismo –descontada la parte capturada por el Esta-
do vía retenciones–, exhibiendo una asimetría notable en la distribución de
la riqueza sectorial. El panorama se muestra más desconcertante cuando
constatamos que las trabajadoras y los trabajadores rurales prácticamente
no apelaron a la acción colectiva de la huelga –la que pone en juego el poder
estructural– en comparación con otros colectivos obreros que experimen-
tan mejores condiciones laborales, como los industriales, los mineros y los
de comercio. Así planteadas las cosas, daría la impresión de que, por algún
tipo de irracionalidad o “falta de conciencia”, las trabajadoras y los traba-
jadores del campo, con todo para ganar, no pondrían en juego su posición
estratégica en pos de mejoras laborales y distributivas. Amén de los proce-
sos de subalternización subjetiva de este colectivo de trabajadores, en los
que no nos detuvimos, intentamos demostrar que una clave explicativa de
esta aparente paradoja está en la estructura objetiva del trabajo rural que, a
diferencia del industrial, dispersa a las y los trabajadores en espacios amplí-
simos, de alcance regional y hasta internacional, así como en el propio ám-
bito laboral, además de emplearlos en un mosaico inconexo de actividades
y tareas muy heterogéneas; discontinúa en el tiempo su concentración por la
estacionalidad de muchos de sus empleos –los más masivos– a la vez que
no convoca a la coordinación orgánica de las tareas, en general individuali-
zadas, incluso cuando se operan en masa; los fragmenta en microvínculos
laborales ante pequeños empleadores, estimulando la personalización de
las negociaciones, perdiendo sentido la apelación a la acción colectiva im-
personal –y mucho menos la huelga–; y, por último, condiciona su acción
colectiva donde pudiera haberla por la estacionalidad natural de sus tareas
(cosechas, etcétera).
Así, en las condiciones concretas en que se realiza el proceso de trabajo y
organización del empleo, por importante que sea a nivel estructural el sector,
su potencial poder se diluye en la extrema atomización de las obreras y los
obreros incluidos en él. Y cuando se desarrolla alguna conictividad –esca-
sa, como hemos visto–, ha de ser sobreponiéndose a esas condiciones obje-
tivas y no gracias a ellas, acotándose en general a episodios locales que no
ponen en juego ningún poder estructural vinculado al sector como conjunto.
Todas estas heterogeneidades de sujetos y trabajos redundan en una di-
versidad equivalente de condiciones laborales: formas de contratación, for-
ma y nivel de la paga, jornada, estacionalidad, intensidad de las labores, et-
cétera, de donde esperar algún tipo de coordinación a nivel sectorial entre
estos trabajadores y trabajadoras al nivel de algo así como las “bases” de
su encuadre sindical es una proyección ajena a su experiencia, su percep-
ción de las cosas y hasta sus necesidades prácticas, aun cuando decidieran
encarar un reclamo laboral en su espacio de trabajo. Del mismo modo que
Despoder estructural del trabajo en un sector estratégico: el caso del agro en...